Un gasoducto de 40.000 millones de metros cúbicos: ¿la alternativa africana de Europa al gas de Oriente Próximo?

Con el paso de los días de la nueva guerra en Oriente Próximo, que ya entra en su segunda semana, los peores escenarios relacionados con la seguridad energética mundial comienzan a materializarse gradualmente. La expansión de las operaciones militares desde Irán hacia Israel, así como su extensión a países del Golfo, Turquía y Azerbaiyán, además de Jordania e Irak, vuelve a poner sobre la mesa la necesidad urgente de buscar rutas energéticas alternativas ante la ausencia de señales claras de estabilidad duradera en la región.

El conflicto, iniciado el 28 de febrero de 2026 tras el ataque estadounidense-israelí contra Irán, ha evidenciado la vulnerabilidad de los flujos globales de petróleo y gas. Entre sus efectos inmediatos destaca la alteración de las rutas de suministro energético, especialmente tras la suspensión forzada de la producción en la instalación de Ras Laffan en Qatar, la mayor planta de gas natural licuado del mundo.

A estos acontecimientos se suma el cierre del estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del planeta, por el que transitan diariamente alrededor de 21 millones de barriles de petróleo y cerca del 20% de los envíos mundiales de gas natural licuado. Como consecuencia directa, los precios de la energía han experimentado una fuerte subida: en Europa aumentaron un 30% a comienzos de esta semana y alcanzaron un 50% el miércoles, lo que ha reavivado el debate sobre proyectos alternativos capaces de garantizar el suministro energético, entre ellos el gasoducto africano-atlántico.

El proyecto del gasoducto Marruecos-Nigeria, concebido desde la firma del acuerdo marco entre ambos países en 2016, se presenta como una de las alternativas estratégicas más prometedoras para Europa. Con una longitud aproximada de 5.660 kilómetros, el proyecto permitiría transportar hasta 40.000 millones de metros cúbicos de gas natural al año, además de contribuir a reforzar la seguridad energética de África Occidental.

Sin embargo, una década después del lanzamiento de la iniciativa, el avance del proyecto sigue siendo relativamente lento. Las negociaciones con los numerosos países por los que pasará el gasoducto han requerido largos procesos diplomáticos, mientras continúan los estudios técnicos de campo y la búsqueda de financiación para cubrir un coste estimado de entre 25.000 y 30.000 millones de dólares.

En este contexto, la creciente incertidumbre en los mercados energéticos provocada por la guerra en Oriente Próximo podría acelerar la implicación de nuevos actores internacionales, especialmente europeos. Entre las instituciones que ya han mostrado su disposición a financiar el proyecto figuran el Banco Europeo de Inversiones, el Banco Islámico de Desarrollo y el Fondo de la OPEP para el Desarrollo Internacional, además de los Emiratos Árabes Unidos, tras el acuerdo firmado con Marruecos el 8 de diciembre de 2023.

El trazado del gasoducto comenzaría en Nigeria y atravesaría Benín, Togo, Ghana, Costa de Marfil, Liberia, Sierra Leona, Guinea, Guinea-Bisáu, Senegal, Gambia y Mauritania, antes de llegar a Marruecos. Desde allí, el gas sería transportado hacia Europa a través del estrecho de Gibraltar hasta España, para posteriormente distribuirse al resto de los mercados europeos. El proyecto también contempla posibles extensiones hacia otros países africanos como Cabo Verde, Mali y Níger.

Más allá de su dimensión energética, esta infraestructura transcontinental podría beneficiar a cerca de 400 millones de personas y convertirse en una pieza clave dentro de la estrategia energética europea, tanto a nivel económico como geopolítico.

La urgencia de encontrar nuevas fuentes de suministro se ha visto reforzada por la reciente intervención de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo. En su discurso, señaló que los precios del gas natural han aumentado un 50% y los del petróleo un 27% desde el inicio del conflicto en Oriente Próximo, lo que ha supuesto un coste adicional de 3.000 millones de euros para los ciudadanos europeos en importaciones energéticas.

Ante esta situación, Europa se enfrenta a dos opciones complejas: asumir el impacto económico mediante subvenciones y límites a los precios de la energía, o reconsiderar el regreso al gas ruso, una opción que Von der Leyen calificó como “un error estratégico” debido al contexto de la guerra en Ucrania.

Según datos de la agencia Bloomberg, al menos ocho cargamentos de gas natural licuado que inicialmente se dirigían a Europa han sido redirigidos hacia Asia desde el inicio del conflicto, lo que ha acelerado la reducción de las reservas europeas y ha intensificado la competencia en el mercado energético mundial.

En este contexto, el proyecto del Gasoducto Africano-Atlántico, nombre oficial que actualmente recibe el gasoducto Marruecos-Nigeria, podría convertirse en una puerta estratégica para Europa. Si logra superar los desafíos técnicos, políticos y financieros, y avanzar según el calendario previsto —con inicio de operaciones estimado en 2027 y finalización alrededor de 2031—, esta infraestructura podría ofrecer a Europa una vía real para reducir su dependencia del gas de Oriente Próximo y, al mismo tiempo, disminuir su exposición al suministro energético ruso.

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