La conquista del Mundial por parte de la selección española, tras imponerse a Argentina el pasado 19 de julio, no se celebró por igual en todo el país. Mientras Madrid y otras muchas ciudades se echaban a la calle para festejar el triunfo de La Roja, la noche de la final volvió a dejar al descubierto que la cuestión de la identidad nacional sigue siendo una fractura abierta en una parte del País Vasco y Navarra. Coincidiendo con la mayor cita del fútbol mundial, sectores del nacionalismo vasco aprovecharon el escaparate de la final para volver a poner sobre el tapete su histórica reivindicación de una selección propia y del derecho de autodeterminación. La jornada quedó además empañada por varias agresiones y otros actos violentos protagonizados por grupos minoritarios contra personas que celebraban la victoria española.
Las protestas se dejaron ver de forma simultánea en Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Eibar, Pamplona y la ciudad francesa de Bayona bajo el lema «Oficialidad para Euskal Herria». Entre ikurriñas y consignas independentistas, los manifestantes reclamaron el reconocimiento oficial de la selección vasca y su participación en las competiciones internacionales al margen de la selección española. La coincidencia con la final del Mundial distaba de ser fortuita, puesto que los convocantes aprovecharon el mayor acontecimiento futbolístico español para proyectar un mensaje político en defensa de una nación vasca con identidad y representación deportiva propias.
Sin embargo, la jornada terminó por desbordar en algunos puntos el cauce de la protesta pacífica. El Gobierno Vasco confirmó la detención de cuatro personas y la apertura de diligencias contra otras siete por los incidentes registrados en Vitoria, San Sebastián y la localidad vizcaína de Bermeo. En Bilbao, se identificó además a una veintena de personas, entre ellas un individuo sospechoso de haber amenazado a varias personas con un arma blanca.
Los incidentes más graves se produjeron en Berriozar (Navarra), donde un grupo de encapuchados irrumpió en un bar en el que militares y civiles seguían la final del Mundial. La agresión dejó al menos seis heridos, lo que llevó al Gobierno de Navarra y al Partido Nacionalista Vasco (PNV) a desmarcarse de la violencia y recalcar que la defensa de la identidad vasca no ampara este tipo de actos ni permite impedir que otros ciudadanos celebren la victoria de la selección española.
Los acontecimientos volvieron a poner de manifiesto la profunda división que persiste en torno a la representación deportiva en el País Vasco. Mientras una parte de la sociedad vasca se siente representada por la selección española, el nacionalismo defiende que la representación internacional debe responder a su concepción de Euskal Herria como una nación independiente. La paradoja resulta aún más evidente si se tiene en cuenta la decisiva contribución de futbolistas vascos y navarros a la conquista del actual Mundial.
Entre ellos figuran el guardameta Unai Simón, Martín Zubimendi y Mikel Oyarzabal, oriundos del País Vasco, así como Mikel Merino y Nico Williams, ambos nacidos en Navarra. Todos ellos formaron parte de la selección española que levantó el trofeo, pese a que los sectores nacionalistas más reivindicativos rechazaron sumarse a las celebraciones por considerar que ese éxito deportivo representa a un Estado con el que no se identifican políticamente.
Las imágenes de la celebración también alimentaron el debate sobre la pluralidad identitaria existente en España. Algunos futbolistas exhibieron banderas y símbolos locales o vinculados a sus clubes, una escena habitual tras los grandes éxitos del fútbol español. Entre los cuales pudieron verse emblemas de la Real Sociedad, el Athletic Club y Navarra, mientras Nico Williams y Lamine Yamal festejaban el título con la bandera de España. Por su parte, Mikel Merino reivindicó el orgullo que siente por representar a Navarra.
La aspiración de contar con una selección vasca reconocida oficialmente no es nueva. Se trata de una reivindicación histórica del nacionalismo, aunque durante los últimos años ha adquirido un renovado impulso en el plano institucional. En diciembre de 2020, la Federación Vasca de Fútbol presentó formalmente su solicitud de ingreso a la FIFA y a la UEFA con el propósito de que la selección vasca pudiera participar en competiciones oficiales. Ambos organismos rechazaron la petición en 2021 al recordar que, con carácter general, únicamente admiten como miembros a federaciones pertenecientes a Estados soberanos, salvo algunas excepciones históricas como Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte.
Desde entonces, los encuentros amistosos disputados por la selección vasca y las campañas en favor de su reconocimiento internacional se han convertido en uno de los principales instrumentos simbólicos del nacionalismo para mantener viva esa reivindicación.
El nacionalismo vasco hunde sus raíces en una identidad histórica y cultural consolidada. Sus defensores consideran que sus principales señas de identidad son la lengua vasca, una de las más antiguas de Europa y ajena a la familia de lenguas indoeuropeas, el régimen foral y la singularidad institucional de los territorios vascos.
En cuanto al nacionalismo político moderno, éste comenzó a tomar forma a finales del siglo XIX de la mano de Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en 1895, en un contexto marcado por la abolición de buena parte del régimen foral en 1876, la aceleración del proceso de industrialización y la llegada de población procedente de otras regiones de España. Los nacionalistas utilizan el concepto de «Euskal Herria» para referirse a siete territorios repartidos hoy entre España y Francia que incluyen Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, además de otros tres situados en el lado francés.
Tras la caída del régimen franquista, la Constitución de 1978 y el Estatuto de Autonomía de 1979 otorgaron al País Vasco amplias competencias y reconocieron el euskera como lengua oficial junto al castellano. Sin embargo, en aquel entonces un sector del movimiento nacionalista consideró insuficiente el autogobierno, mientras ETA recurrió a la violencia para conseguir la independencia, antes de anunciar el cese de su actividad armada en 2011 y su disolución definitiva en 2018.
Y desde ese momento, el conflicto pasó a desarrollarse principalmente en el ámbito institucional y electoral, con el «derecho de autodeterminación» como principal reivindicación, después de que el Parlamento español rechazara en 2005 el Plan Ibarretxe, que planteaba una relación de «libre asociación» entre el País Vasco y el Estado español.
El peso electoral del nacionalismo continúa siendo muy significativo. En las elecciones autonómicas celebradas en 2024, el Partido Nacionalista Vasco y EH Bildu obtuvieron conjuntamente 54 de los 75 escaños del Parlamento Vasco, consolidando una amplia mayoría parlamentaria, no obstante, ese panorama no supone un respaldo mayoritario de la población a una independencia inmediata.
Según los últimos estudios demoscópicos, alrededor del 24 % de la población vasca respalda la independencia, frente a un 37 % que se declara contrario a ella. El resto supedita su posición a las circunstancias o no expresa una opinión definida. Ello evidencia que el nacionalismo vasco mantiene una sólida implantación política e institucional por encima del respaldo popular explícito a la independencia.
España se proclamó campeona del mundo, pero la conquista del título no logró cerrar las viejas discrepancias en torno a la idea de la nación y al sentimiento de pertenencia. Para la mayoría de los españoles, la selección volvió a erigirse en un símbolo de unidad; para los nacionalistas, en cambio, siguió representando a un Estado con el que rechazan identificarse. Entre las celebraciones, las protestas y los episodios de violencia, el Mundial volvió a poner de relieve que el debate identitario sigue lejos de quedar resuelto en España y que las banderas, las selecciones y los estadios continúan siendo uno de los escenarios donde se proyecta un conflicto político que ni décadas de autogobierno ni el cese definitivo de la violencia de ETA han logrado zanjar.