Entre presiones políticas, teorías sin pruebas y un debate cada vez más ideológico, la discusión sobre la sede de la final parece haber dejado de ser una cuestión deportiva.
A más de cuatro años para el inicio del Mundial de 2030, la batalla por la sede de la final ya no se libra únicamente en los despachos de la FIFA. También se disputa en editoriales, programas de televisión y declaraciones políticas que, en muchos casos, parecen responder más a intereses nacionales que a criterios deportivos.
Desde hace meses, una parte de la prensa europea ha intensificado su discurso sobre la posibilidad de que Marruecos albergue la gran final del campeonato. La hipótesis, que hace unos años parecía remota, hoy es contemplada con absoluta normalidad dentro de la propia FIFA gracias al avance de las infraestructuras marroquíes y, especialmente, a la construcción del Gran Estadio Hassan II de Benslimane, llamado a convertirse en uno de los mayores y más modernos del mundo.
Sin embargo, esa posibilidad ha provocado un creciente nerviosismo en determinados sectores políticos y mediáticos europeos.
En España, el partido Sumar ha llegado a plantear públicamente que España y Portugal reconsideren su participación en la candidatura conjunta con Marruecos. Aunque la propuesta no representa la posición oficial del Gobierno español ni de la Real Federación Española de Fútbol, refleja el clima de incomodidad que ha ido creciendo conforme Marruecos ha ganado protagonismo dentro del proyecto del Mundial.
A ello se han sumado diversas publicaciones internacionales. En los últimos días, The Times aseguró que Gianni Infantino habría ofrecido la final del Mundial a Marruecos como supuesto intercambio para garantizar el apoyo de las federaciones africanas en una futura reelección al frente de la FIFA.
La teoría ha sido ampliamente difundida por distintos medios y cadenas de televisión, muchas veces sin aportar pruebas que acrediten la existencia de ese supuesto acuerdo.
Pero basta detenerse unos minutos para analizar el contexto.
Infantino atraviesa probablemente uno de los momentos más delicados desde que llegó a la presidencia de la FIFA. Su propuesta para incorporar inversión privada en determinados activos comerciales del organismo ha generado un profundo rechazo en varias confederaciones y asociaciones nacionales. El debate ha abierto una crisis interna que ha debilitado considerablemente su posición.
En ese escenario resulta difícil sostener que una decisión de semejante trascendencia pudiera tomarse únicamente para obtener el respaldo de las 54 federaciones africanas.
Porque la pregunta es inevitable.
¿Tiene sentido arriesgar el apoyo de buena parte del fútbol mundial para intentar ganar un número limitado de votos?
Si hoy se celebraran unas elecciones en la FIFA, muchos analistas consideran que el escenario para Infantino sería mucho más complejo que en procesos anteriores. Precisamente por eso, la idea de sacrificar el respaldo de Europa, Asia, América y parte del propio fútbol internacional para favorecer únicamente a Marruecos parece, cuanto menos, difícil de sostener sin pruebas concluyentes.
Quizá el debate de fondo sea otro.
¿Por qué sigue costando tanto aceptar que un país africano pueda competir en igualdad de condiciones con una potencia europea?
Si la comparación fuera únicamente entre dos países europeos, el criterio parecería evidente: organizaría la final quien presentara el mejor estadio, la mejor capacidad, las mejores infraestructuras y las mayores garantías organizativas.
Nadie cuestionaría seriamente que un estadio superior debe acoger el partido más importante del torneo.
Entonces, ¿por qué cambia el discurso cuando el competidor pertenece a África?
Marruecos no pide un trato de favor. Aspira a competir con las mismas reglas que cualquier otro país. Si finalmente el Gran Estadio Hassan II ofrece una mayor capacidad, mejores prestaciones técnicas y responde mejor a las exigencias de la FIFA que cualquier otra instalación de la candidatura, ¿por qué debería descartarse únicamente por encontrarse en territorio africano?
La cuestión trasciende el fútbol.
En 2022, el entonces Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, afirmó durante un discurso que "Europa es un jardín y el resto del mundo es una jungla". Aquellas palabras provocaron una fuerte polémica internacional al ser interpretadas como una visión jerárquica de las relaciones entre Europa y el resto del planeta. Aunque posteriormente matizó sus declaraciones, el debate dejó al descubierto una percepción que todavía persiste en determinados ámbitos.
Quizá por eso resulta tan incómodo para algunos imaginar que la final del mayor acontecimiento deportivo del planeta pueda disputarse en suelo africano.
La FIFA todavía no ha anunciado dónde se jugará la final del Mundial de 2030 y la decisión deberá adoptarse sobre criterios objetivos. Hasta ese momento, cualquier afirmación categórica pertenece al terreno de la especulación.
Pero hay una reflexión que ya puede hacerse.
Si el fútbol pretende ser verdaderamente universal, la nacionalidad del estadio no debería pesar más que su calidad. Y si Marruecos presenta la mejor candidatura para albergar la final, la verdadera igualdad consistirá en reconocerlo con la misma naturalidad con la que se aceptaría si el estadio estuviera en Madrid, Lisboa o cualquier otra ciudad europea.
Porque el verdadero progreso del fútbol mundial no llegará cuando un país africano organice una final. Llegará el día en que esa posibilidad deje de sorprender.