Marruecos busca en sus campos un trigo duro capaz de mantener la cosecha incluso cuando escasea la lluvia. Tras más de siete años de ensayos, investigadores marroquíes e internacionales han desarrollado tres nuevas variedades adaptadas a la sequía, las altas temperaturas y las campañas agrícolas cada vez más irregulares que atraviesa el país.
El trabajo corre a cargo del Instituto Nacional de Investigación Agronómica (INRA) y del Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas (ICARDA), que colaboran dentro del proyecto BOLD, centrado en el aprovechamiento de la biodiversidad para mejorar los cultivos y reforzar los medios de vida de las comunidades rurales.
El objetivo no pasa únicamente por obtener plantas capaces de sobrevivir con menos agua. Los investigadores buscan también que las nuevas semillas mantengan un buen rendimiento, produzcan grano de calidad y ofrezcan suficiente paja para alimentar al ganado, una cuestión especialmente importante en las zonas rurales castigadas por la falta de pastos y forraje.
La sucesión de campañas con lluvias escasas ha obligado a acelerar estos trabajos. Las precipitaciones ya no bastan para garantizar cosechas estables y las variedades tradicionales no siempre responden con la misma eficacia ante los periodos prolongados de sequía, las olas de calor y los bruscos cambios de temperatura.
Frente a esta situación, el proyecto ha centrado sus esfuerzos en obtener variedades de trigo duro mejor preparadas para soportar el estrés hídrico y térmico, sin perder productividad ni valor comercial.
Tres variedades nacidas en el campo
Después de años de pruebas en parcelas agrícolas y estaciones experimentales, tres variedades comienzan a destacar por su comportamiento en condiciones difíciles: Jawahir, Nacht y Sabil.
Jawahir es una de las más avanzadas. Se distingue por el color oscuro de sus granos, su maduración temprana y su capacidad para ofrecer buenos rendimientos durante los años de sequía y en las comarcas con menor disponibilidad de agua.
Su ciclo más corto permite que la planta complete antes su desarrollo y reduzca así su exposición a los episodios de calor extremo o a la falta de lluvias al final de la campaña. Esa precocidad puede resultar decisiva en un país donde el calendario agrícola se ha vuelto cada vez más incierto.
La segunda variedad, Nacht, presenta espigas con aristas negras y ha demostrado un buen comportamiento tanto en terrenos de regadío como en los oasis. Los resultados obtenidos hasta ahora reflejan su capacidad para adaptarse a sistemas de cultivo muy distintos y a condiciones de suelo y agua también diferentes.
La tercera, Sabil, destaca por su elevada producción, su resistencia a la sequía y la calidad de sus granos, especialmente por su tamaño y color. A ello se suma una abundante producción de paja, uno de los aspectos más valorados por los agricultores que combinan el cultivo de cereal con la cría de ganado.
En muchas explotaciones marroquíes, la paja no es un simple residuo de la cosecha. Constituye una parte esencial de la alimentación animal, sobre todo durante los años secos, cuando disminuyen los pastos naturales y se encarecen los piensos.
De los ensayos a la siembra
Concluida la fase principal de investigación, las nuevas variedades comienzan ahora a salir de las parcelas experimentales para llegar progresivamente a los agricultores.
Jawahir y Nacht se encuentran en proceso de multiplicación de semillas a través de la Sociedad Nacional de Comercialización de Semillas, SOGAP. La previsión es que estén disponibles para los productores durante 2027 y 2028.
La multiplicación constituye un paso imprescindible antes de su comercialización. Permite obtener cantidad suficiente de semilla, garantizar su calidad y preparar su distribución entre las distintas zonas cerealistas del país.
Sabil, por su parte, ha sido inscrita oficialmente este año en el Catálogo Nacional de Especies y Variedades por el INRA. Su incorporación al registro abre el camino para ampliar su producción y facilitar su llegada a las explotaciones agrícolas.
El reto de ganar la confianza del agricultor
El buen comportamiento de una semilla durante los ensayos no garantiza, sin embargo, que vaya a extenderse de forma inmediata. Para los responsables del proyecto, la prueba definitiva llegará cuando los agricultores decidan incorporarla a sus cosechas.
El sector agrario suele mostrar cautela ante las nuevas variedades. Muchos productores prefieren seguir sembrando las semillas que conocen, incluso cuando ofrecen peores rendimientos frente a la sequía o necesitan más agua.
Una investigación reciente señala que la falta de parcelas demostrativas dentro de las propias explotaciones y la escasa participación de los agricultores en la selección de las semillas pueden reducir hasta en un 50 % su grado de adopción.
Para superar esa desconfianza, los investigadores han trasladado buena parte de las pruebas a los propios campos de cultivo. Las semillas no se evalúan únicamente en espacios controlados, sino también en terrenos expuestos al calor, la falta de agua, los diferentes tipos de suelo y las dificultades habituales de cada campaña.
Esta forma de trabajar permite comprobar cómo responde cada variedad fuera de los laboratorios y, al mismo tiempo, conocer qué características valora realmente el agricultor.
Filippo Bossi, responsable del proyecto BOLD y especialista en mejora de cultivos en ICARDA, explica que los ensayos en condiciones reales han permitido incorporar criterios que difícilmente pueden medirse desde una estación experimental.
Entre ellos figuran el color y el tamaño del grano, la longitud de la paja, el momento de maduración, la facilidad de la cosecha y la salida comercial del producto.
La participación directa de los agricultores ha cambiado también la relación entre los centros científicos y el mundo rural. En lugar de presentar una variedad ya terminada, los investigadores recogen las observaciones de quienes trabajan la tierra y las incorporan al proceso de selección.
Este modelo busca evitar que las nuevas semillas respondan únicamente a criterios técnicos y queden después alejadas de las necesidades reales de las explotaciones.
Para Marruecos, donde el trigo duro ocupa un lugar central tanto en la agricultura como en la alimentación, el desarrollo de variedades resistentes puede contribuir a reducir las pérdidas durante los años secos y a mejorar la estabilidad de las cosechas.
No se trata de eliminar los efectos de la sequía, sino de conseguir que las plantas soporten mejor la falta de agua y que los agricultores dispongan de más opciones cuando las lluvias vuelven a fallar.
Jawahir, Nacht y Sabil representan, en ese sentido, tres respuestas nacidas de años de trabajo en el campo. Su verdadero alcance dependerá ahora de su comportamiento durante las próximas campañas y de la confianza que logren despertar entre los productores.