Un análisis del Real Instituto Elcano sitúa la capacidad de Rabat para conectar el Mediterráneo, el Atlántico, el Sahel, África y Oriente Medio entre las claves de su creciente valor estratégico para Washington. Para España, advierte, el riesgo no está en ser sustituida, sino en perder centralidad en determinados asuntos norteafricanos
Marruecos ya no interesa a Estados Unidos únicamente por su condición de aliado histórico en el norte de África, por la cooperación antiterrorista o por una relación militar cultivada durante décadas. Washington encuentra hoy en Rabat algo más difícil de reunir en un solo socio: capacidad de interlocución en varios escenarios a la vez, desde el Mediterráneo y el Atlántico hasta el Sahel, África y Oriente Medio.
Esa es una de las principales conclusiones del análisis publicado por el Real Instituto Elcano, que examina la evolución de las relaciones entre Marruecos y Estados Unidos y sus consecuencias para España. El estudio describe el paso de una asociación asentada históricamente en la seguridad y la defensa a una relación "mucho más multidimensional", en la que han ganado terreno la geoeconomía, las cadenas de suministro, la energía, la tecnología y la proyección hacia África.
El cambio no se ha producido de la noche a la mañana. Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia estadounidense, en 1777, y el Tratado de Paz y Amistad firmado en 1786 continúa vigente. La relación atravesó después la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, la presencia de instalaciones militares estadounidenses en territorio marroquí y, más adelante, una cooperación en defensa que sustituyó progresivamente aquel modelo de presencia directa.
El siglo XXI añadió nuevos pilares. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y los de Casablanca de 2003, la lucha contra el terrorismo adquirió un peso creciente. En 2004, Washington designó a Marruecos Aliado Principal No OTAN y ambos países firmaron un acuerdo de libre comercio que entró en vigor en 2006. A ello se sumó, en 2012, el Diálogo Estratégico bilateral.
Pero el punto de inflexión llegó en diciembre de 2020. La primera Administración de Donald Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara, al tiempo que Rabat restablecía sus relaciones diplomáticas con Israel. Según el análisis de Elcano, el Sáhara se ha convertido desde entonces en "el principal elemento político" de la relación y en uno de los mayores éxitos de la estrategia marroquí hacia Estados Unidos.
La Administración de Joe Biden no revocó aquel reconocimiento y el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 dio un paso más. En abril de ese año, el secretario de Estado, Marco Rubio, presentó la autonomía bajo soberanía marroquí como "la única solución viable" y el plan de Rabat como "el único marco" para las negociaciones. En agosto de 2026, Trump volvió a reafirmar esa posición ante el rey Mohammed VI.
Para Rabat, sostiene Elcano, el objetivo pasa ahora por convertir el respaldo político estadounidense en una realidad diplomática, económica y estratégica: atraer inversión hacia el Sáhara, extender al territorio los beneficios de la cooperación bilateral y conseguir que otros socios occidentales se aproximen a la posición estadounidense.
De la seguridad a la geoeconomía
La relación entre Marruecos y Estados Unidos ha ido ganando terreno también en el ámbito económico. Estados Unidos ha señalado la energía, la inteligencia artificial, los minerales críticos y la defensa entre los sectores prioritarios, mientras Marruecos reúne varias condiciones que han aumentado su atractivo en un momento de reorganización de las cadenas internacionales de suministro.
El Reino es el único país africano que dispone de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. A ello suma su proximidad a Europa, una base industrial en expansión y acceso a numerosos mercados africanos. Elcano considera que esa combinación refuerza su potencial como plataforma de nearshoring, es decir, como emplazamiento próximo desde el que las empresas pueden reorganizar parte de su producción y reducir determinadas dependencias estratégicas.
Los números muestran también la transformación. Desde la entrada en vigor del acuerdo comercial, las exportaciones estadounidenses hacia Marruecos se han multiplicado por más de once y las marroquíes aproximadamente por cuatro. A los intercambios tradicionales en agricultura, fosfatos, textiles, maquinaria y productos energéticos se han incorporado sectores como la automoción, el aeroespacial, las energías renovables y otras manufacturas avanzadas.
La importancia de Marruecos, por tanto, empieza a medirse no sólo por cuánto comercia con Estados Unidos, sino por el lugar que puede ocupar en cadenas de valor consideradas estratégicas por Washington.
Esa posición tiene, no obstante, otra cara. Marruecos está atrayendo al mismo tiempo importantes inversiones chinas, particularmente en baterías, automoción y minerales críticos. El análisis interpreta esta política como parte de una estrategia exterior cada vez más autónoma y diversificada: Rabat no parece dispuesto a escoger entre Washington y Pekín, sino a aprovechar sus relaciones con ambos, además de mantener sus vínculos con Europa, el Golfo y África.
Un país entre varios espacios estratégicos
Marruecos alberga desde hace más de dos décadas African Lion, el mayor ejercicio militar anual de AFRICOM en África, mantiene una estrecha cooperación con Washington en inteligencia y lucha antiterrorista y participa en la formación de fuerzas de seguridad africanas.
A ello se añade la Iniciativa Atlántica impulsada por el rey Mohammed VI para facilitar a los países del Sahel sin litoral una salida hacia el Atlántico. Rabat busca de este modo vincular su fachada atlántica y el Sáhara con una estrategia de conectividad y estabilización del Sahel, precisamente cuando la influencia occidental atraviesa dificultades en la región y Rusia y China han ampliado su presencia.
Marruecos conserva, al mismo tiempo, una posición singular en Oriente Medio. Mantiene estrechas relaciones con las monarquías del Golfo y no ha roto su cooperación estratégica con Israel pese al fuerte rechazo interno provocado por la guerra de Gaza. Rabat ha rebajado la visibilidad política de esa relación y mantiene su defensa de la solución de dos Estados, pero la cooperación con Israel ha continuado en ámbitos como defensa, inteligencia y tecnología.
El resultado es un socio capaz de moverse entre escenarios que Washington suele abordar desde estructuras diferentes. "El valor de Marruecos para Estados Unidos deriva de su capacidad para conectar "el Mediterráneo, el Atlántico, el Sahel, África y Oriente Medio", y no únicamente de su tradicional alineamiento con Washington.
La relación cobra especial relevancia por la proyección de Marruecos más allá del Magreb. El Reino no sólo aporta estabilidad y cooperación bilateral a Washington: busca ampliar su presencia en África occidental y el Sahel, mantiene una interlocución estrecha con las monarquías del Golfo, conserva su relación estratégica con Israel y, al mismo tiempo, sostiene fuertes vínculos económicos con Europa mientras atrae inversiones chinas.
España no pierde su sitio, pero puede perder centralidad
El avance marroquí plantea inevitablemente una pregunta al otro lado del Estrecho: qué significa para España que Washington conceda cada vez más valor estratégico a Rabat.
La respuesta de Elcano se aleja de una lectura en términos de sustitución. Marruecos no está llamado a ocupar el lugar de España ante Estados Unidos, porque ambos países aportan activos diferentes y, desde la perspectiva estadounidense, pueden funcionar como socios complementarios.
España conserva ventajas difíciles de reemplazar: pertenece simultáneamente a la OTAN y la Unión Europea, controla una posición geográfica esencial en el acceso occidental al Mediterráneo y alberga las bases de Rota y Morón, fundamentales para la proyección militar estadounidense hacia Europa, África, Oriente Medio y el Atlántico.
Marruecos ofrece otras cartas: estabilidad política, cooperación antiterrorista, interlocución en África y el mundo árabe y una presencia cada vez mayor en el Sahel y el Atlántico africano.
El problema para Madrid aparece en otro terreno. Elcano lo sitúa en una posible "pérdida de centralidad" española en determinados asuntos del norte de África. Cuanto mayor sea la capacidad de Rabat para tratar directamente con Washington cuestiones relacionadas con el Sahel, África occidental, la seguridad atlántica o las cadenas de suministro, mayor será también su margen para influir en el marco regional en el que España tiene que defender sus intereses.
Ese cambio alcanza asuntos especialmente sensibles para Madrid: el Sáhara, la rivalidad entre Marruecos y Argelia, la cooperación migratoria y antiterrorista, Ceuta y Melilla y, en términos más amplios, la posición española en el Mediterráneo occidental.
El estudio introduce aquí una precisión relevante. El respaldo de Washington a la soberanía marroquí sobre el Sáhara no supone un apoyo estadounidense a las reivindicaciones de Rabat sobre Ceuta y Melilla. Tras la crisis migratoria registrada en Ceuta el pasado 30 de julio, un portavoz del Departamento de Estado afirmó que Estados Unidos "apoya inequívocamente la soberanía de España sobre Ceuta y Melilla".
La cuestión de fondo es otra: a medida que Marruecos gana peso en Washington, aumenta también su capacidad diplomática y su interlocución directa con Estados Unidos.
Madrid ante el ascenso de Rabat
De ahí que el análisis no aconseje a España plantear su relación con Estados Unidos como una carrera destinada a contener a Marruecos. La respuesta, sostienen sus autores, pasa por reforzar precisamente aquello que hace de España un socio difícil de sustituir.
Rota y Morón, la doble pertenencia a la UE y la OTAN, la posición geográfica española y su capacidad de interlocución con el Magreb y el Sahel continúan proporcionando a Madrid un peso propio. La cuestión es conseguir que esos activos sigan traduciéndose en influencia política en Washington.
El crecimiento del valor estratégico de Marruecos supone así un cambio de contexto más que un relevo entre aliados. Rabat ha conseguido ensanchar una relación que durante décadas descansó principalmente sobre la seguridad y la defensa hasta llevarla al terreno de la energía, la tecnología, los minerales críticos, las cadenas de suministro y la proyección africana.
Esa capacidad de estar presente en varios tableros es la que explica buena parte de su ascenso. Marruecos interesa a Washington porque ya no se limita al Magreb: mira al Atlántico, proyecta su política hacia el Sahel y África, conserva sus vínculos con el Golfo e Israel y mantiene, al mismo tiempo, una relación económica privilegiada con Europa.
Para España, por tanto, el desafío no consiste en impedir que Rabat siga ganando peso, una estrategia que el propio análisis considera fuera de su alcance, sino en evitar que ese avance termine traduciéndose en una pérdida relativa de influencia española. En ese nuevo tablero, Madrid tendrá que hacer valer sus propias cartas ante Washington, en lugar de confiar únicamente en las ventajas que durante décadas le aseguró su posición geográfica.