Madrid busca mantener a flote su relación con Rabat mientras el contencioso de Ceuta y Melilla vuelve a escena

El Gobierno de Pedro Sánchez se ha encontrado ante un difícil equilibrio después de que el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, volviera a situar Ceuta y Melilla en el centro del debate. Mientras el titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, reivindicó en Madrid la "lealtad" y la cooperación con Marruecos, la ministra de Defensa, Margarita Robles, se desplazó a Ceuta para subrayar que las dos ciudades son "españolísimas". Madrid procura mediante estos discursos mantener a flote una cooperación con Rabat que considera estratégica, aun sabiendo que la reivindicación territorial marroquí no ha desaparecido.

Ouahbi había dejado pocas dudas sobre la posición de su Gobierno. En una entrevista con Asharq News, afirmó que Marruecos "se sigue aferrando a sus tierras" y que la cuestión de Ceuta y Melilla se plantea "en cada reunión" con la parte española. El ministro marroquí apostó por resolver el asunto mediante el diálogo y con una perspectiva de largo plazo, pero al mismo tiempo dejó claro que Rabat no considera cerrado este expediente. La cuestión puede quedar en segundo plano durante un tiempo, pero sigue formando parte de la conversación bilateral.

Fue en ese contexto cuando Marlaska optó por llevar el debate a otro terreno. Preguntado por las palabras de Ouahbi y por las informaciones que apuntaban a una posible implicación de los servicios de inteligencia marroquíes en los acontecimientos de Ceuta y Melilla, el ministro del Interior puso por delante la cooperación entre ambos países. "Lo único que tengo claro", afirmó, es la "lealtad" y el trabajo desarrollado durante ocho años con Marruecos para combatir la inmigración irregular.

Marlaska fue todavía más lejos al definir a Marruecos como "un socio absolutamente fiable" para España y para la Unión Europea en la lucha contra la inmigración irregular, la criminalidad organizada y el terrorismo. Y cuando se le preguntó directamente por las declaraciones del ministro marroquí sobre la soberanía de las dos ciudades, prefirió destacar que la cooperación con el país vecino es "absolutamente extraordinaria y excepcional".

No es difícil entender por qué Interior coloca ese vínculo en primer plano. La cooperación marroquí se ha convertido en una pieza esencial de la política española de control migratorio y de la seguridad de las fronteras de Ceuta y Melilla. En plena crisis, Madrid necesita que esa colaboración siga funcionando y que Rabat mantenga su papel en la contención de los intentos de entrada irregular. Abrir ahora un nuevo pulso diplomático por las declaraciones de Ouahbi podría poner en riesgo precisamente uno de los ámbitos en los que ambos Gobiernos han construido una relación particularmente estrecha.

Pero la respuesta de Defensa fue otra. Horas después, Margarita Robles se plantó en Ceuta y, tras reunirse con el presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vivas, quiso despejar cualquier duda sobre la posición española. "Ceuta y Melilla son, españolas no, españolísimas", afirmó, para añadir que "no se las toca".

Robles remarcó además que cualquier agresión contra Ceuta y Melilla sería una agresión contra España en su conjunto. El mensaje llegaba desde la propia ciudad y en un momento especialmente significativo, después de que Rabat hubiera vuelto a recordar públicamente que considera pendiente su reivindicación territorial.

Lo relevante, sin embargo, está en lo que ha vuelto a quedar sobre la mesa. Para Marruecos, Ceuta y Melilla no son un asunto archivado ni una cuestión que desaparezca porque durante determinados periodos deje de ocupar los titulares. Ouahbi ha recordado que Rabat plantea el asunto en sus encuentros con España y que quiere abordarlo mediante el diálogo. Es decir, Madrid puede procurar que el expediente no condicione el conjunto de la relación, pero sabe que no puede darlo por desaparecido.

Ahí reside el verdadero equilibrio que afronta ahora el Gobierno de Pedro Sanchéz. Mantener una cooperación con Marruecos que considera indispensable y, al mismo tiempo, asumir que el vecino del sur conserva una reivindicación territorial que puede volver a abrirse cuando lo considere oportuno.

La cuestión de Ceuta y Melilla vuelve así a ocupar un lugar incómodo en la relación entre Rabat y Madrid. No porque Marruecos haya planteado ahora una reivindicación nueva, sino porque ha vuelto a recordar que, desde su perspectiva, el expediente continúa abierto. Y esa es precisamente la realidad que España parece intentar gestionar sin permitir que el desacuerdo territorial termine arrastrando una cooperación bilateral que, por razones migratorias y de seguridad, considera demasiado importante como para ponerla en juego.

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