Los nuevos europeos: cuando España quiso ser Europea y olvidó su propia historia

Quizá para comprender algunos de los debates que hoy se producen en España sobre Marruecos, la inmigración, Ceuta y Melilla, sea necesario volver a un escritor que conoció profundamente las dos orillas del Mediterráneo: Juan Goytisolo.

En El bosque de las letras, Goytisolo reflexiona sobre España, Europa y la transformación de la sociedad española tras su incorporación al proyecto europeo. Su pensamiento plantea una cuestión que sigue siendo incómodamente actual: ¿qué significa realmente convertirse en europeo?

Goytisolo cuestionaba la antigua necesidad española de demostrar que España era «europea» y de desprenderse de aquello que la diferenciaba. Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad española contempló su pasado árabe, musulmán y judío como una herencia incómoda.

Pero para Goytisolo ocurría precisamente lo contrario.

La historia de Al-Ándalus, la influencia árabe, la presencia judía y los intercambios culturales con el Magreb no eran elementos que España debiera ocultar para ser europea. Eran parte de su propia singularidad.

Por eso resulta tan poderosa una de sus ideas: España podía ser europea precisamente siendo diferente; «europeos distintos, europeos en más».

¿Quiénes son los nuevos europeos?

Aquí aparece la expresión que da título a esta reflexión.

Los «nuevos europeos» pueden entenderse como aquellos españoles que, después de décadas de aislamiento y de mirar hacia Europa como modelo de modernidad, pasaron a formar plenamente parte de la Europa contemporánea.

Pero Goytisolo advertía de una paradoja: superar el antiguo complejo de inferioridad frente a Europa no debería conducir a desarrollar una nueva actitud de superioridad frente a quienes están al otro lado del Mediterráneo.

Y ahí comienza nuestra reflexión actual.

Porque una España plenamente europea no necesita negar su pasado para demostrar su pertenencia a Europa.

Cuando el vecino se convierte en «el otro»

Hoy, determinados debates televisivos y discursos difundidos en redes sociales presentan a Marruecos casi exclusivamente desde la inmigración, las fronteras o la seguridad.

Naturalmente, España tiene todo el derecho a debatir sobre sus fronteras, sus políticas migratorias y sus relaciones con Marruecos. Y cualquier Gobierno, español o marroquí, debe poder ser criticado.

Pero existe una diferencia entre la crítica política y la construcción de una imagen colectiva basada en prejuicios.

Cuando se habla de Marruecos sin conocer su historia, cuando se habla de Ceuta y Melilla sin conocer la complejidad histórica de ambas ciudades, o cuando se reduce a millones de personas a determinados estereotipos, el debate deja de ser solamente político: se convierte también en un problema de conocimiento.

Y quizá ahí sea donde Goytisolo vuelva a resultar incómodo.

España no necesita olvidar para ser europea

España no tiene que elegir entre Europa y su pasado mediterráneo.

Puede ser profundamente europea y reconocer al mismo tiempo la huella de Al-Ándalus.

Puede defender sus intereses nacionales y mantener relaciones con Marruecos.

Puede debatir sobre inmigración sin convertir al inmigrante en una categoría humana inferior.

Y puede defender sus fronteras sin transformar al vecino del sur en un enemigo permanente.

La identidad europea no debería construirse sobre el olvido.

Porque si España necesitó durante siglos mirar hacia Europa para sentirse plenamente europea, hoy quizá debería preguntarse si, al convertirse en una sociedad europea consolidada, ha aprendido también a mirar hacia su propia historia.

La pregunta que queda

Goytisolo no nos invita a idealizar Al-Ándalus ni a negar los conflictos históricos entre cristianos, musulmanes y judíos.

Nos invita a algo más difícil: aceptar la complejidad de la historia.

España es Europa.

Pero España también es Mediterráneo.

Y su historia está profundamente marcada por el contacto entre culturas.

Por eso, cuando escuchamos determinados discursos actuales sobre Marruecos, quizá la pregunta no debería ser únicamente qué piensa España de su vecino del sur.

También deberíamos preguntarnos:

¿Qué ha olvidado España de sí misma?

Los «nuevos europeos» no deberían ser europeos porque hayan borrado su pasado, sino porque han aprendido a comprenderlo.

Y quizá esa sea la verdadera lección de Goytisolo: una Europa segura de sí misma no necesita negar al otro para afirmar su propia identidad.

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