Los neonazis... y la flotilla del hombre blanco rumbo a la ciudad ocupada de Ceuta

La imagen que llegó este domingo a las costas de Ceuta no fue la de una simple exhibición marítima. Decenas de embarcaciones procedentes de puertos andaluces, cargadas de banderas españolas y de consignas como "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende" y "expulsión de los invasores", parecían rescatar una escena mucho más antigua que una crisis migratoria coyuntural; una imagen salida de aquellos tiempos en los que los barcos europeos zarpaban de los puertos ibéricos llevando consigo la falsa convicción moral de que el mar les otorgaba el derecho a apropiarse de la otra orilla.

Hay una paradoja hiriente en esta escena. En la ribera norte del Estrecho, a apenas unos kilómetros de Andalucía, se encuentra Gibraltar, una prolongación geográfica directa del territorio español que, sin embargo, permanece bajo soberanía británica desde hace más de tres siglos. Y, pese a ello, aquella "armada" no puso rumbo hacia Gibraltar para recuperar una parte de la "patria", sino que navegó hacia el sur, hacia Ceuta, la ciudad marroquí ocupada por los portugueses en 1415, que posteriormente pasó a la Corona española y cuya permanencia bajo su dominio quedó consagrada mediante el Tratado de Lisboa de 1668. La escena se produce, por tanto, 611 años después del inicio del dominio europeo sobre la ciudad.

La historia no es aquí un simple ornamento, sino una clave para comprender la imagen. A finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, desde la Península Ibérica zarparon barcos portugueses y castellanos rumbo a África, al Atlántico y a las Américas, en expediciones en las que el descubrimiento y el comercio se mezclaron con la espada y con una idea de superioridad religiosa y civilizatoria.

El mundo cambió y los imperios cayeron, pero algunos símbolos permanecen agazapados en la memoria y reaparecen de pronto en momentos de miedo, como en las imágenes que llegaron hoy a las costas de la Ceuta ocupada: barcos, banderas, un discurso sobre los "invasores" y una costa africana presentada como la primera línea de defensa de Europa.

Esto no supone condenar a todo español que haya levantado una bandera, ni acusar colectivamente de nazismo a todos los que subieron a una embarcación rumbo a Ceuta. Es, sin embargo, una condena de la imagen que se construye cuando expresiones como "invasión", "expulsión" y "defensa de la tierra" se colocan frente a jóvenes migrantes desarmados, entre ellos menores, que huyeron de la pobreza y de la falta de perspectivas en busca de una vida que creen posible al otro lado.

Y entonces la pregunta resulta inevitable: ¿qué están defendiendo exactamente? ¿Las fronteras o la memoria del hombre blanco que todavía se contempla a sí mismo como dueño del "jardín" y observa a los demás como seres procedentes de la "jungla"?

Fue Josep Borrell, entonces alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, quien acuñó esta controvertida metáfora al describir a Europa como un «jardín» y a buena parte del resto del mundo como una «jungla». Más tarde explicó que pretendía contraponer el orden y la ley a la lógica de la fuerza, pero la metáfora siguió arrastrando, pese a sus aclaraciones, el pesado eco del eurocentrismo. Hoy, las embarcaciones rumbo a Ceuta parecen ofrecer una representación tangible de aquella idea: personas que zarpan desde el "jardín" hacia una costa africana para proclamar que quienes llegan desde el sur son "invasores".

Lo más cruel es que España sabe perfectamente qué significa emigrar. Millones de españoles partieron históricamente hacia Francia, Alemania, Suiza y América Latina en busca de trabajo, seguridad y oportunidades. No eran ejércitos de ocupación, sino personas a las que las condiciones de vida empujaron a marcharse. Por eso resulta doloroso que la memoria de un país marcado por las maletas de sus propios emigrantes dé paso ahora al miedo hacia jóvenes que, en muchos casos, no poseen más que la ropa que llevan puesta y sus cuerpos exhaustos.

Los Estados tienen derecho a proteger su seguridad y sus fronteras legítimas, y las sociedades tienen derecho a vivir en paz. Pero el caso de Ceuta no puede reducirse, desde la perspectiva marroquí, a un discurso sobre la "protección de las fronteras españolas", porque se trata de una ciudad ocupada y de una parte del territorio histórico y geográfico del Reino de Marruecos.

Y aun dejando al margen la disputa sobre la soberanía, la gestión de la migración no faculta a ninguna autoridad para despojar a una persona de su dignidad. El derecho internacional ampara la solicitud de asilo, prohíbe los tratos inhumanos y obliga a garantizar la protección de los menores y el respeto de los derechos fundamentales de los migrantes.

Es precisamente ahí donde queda al descubierto el discurso extremista: cuando convierte a un joven desarmado en un "invasor", el hambre en un instrumento de disuasión y el miedo en un proyecto político, para después recurrir al vocabulario de la guerra con el propósito de defender una situación colonial heredada de siglos pasados.

Lo más inquietante de la "flotilla de Ceuta" no es el número de sus embarcaciones, sino el símbolo que ha construido: barcos europeos navegando hacia el sur, esta vez no para descubrir un mundo nuevo, sino para defender los últimos vestigios de uno antiguo.

Y quien quiera proteger a España en el siglo XXI debería empezar por protegerla de sus propios fantasmas: de la nostalgia imperial, de la ilusión de superioridad y de un neonazismo que no siempre necesita uniforme militar para ser reconocido. A veces basta con llamar "invasor" a quien tiene hambre y, después, zarpar hacia él.

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