Fue una escena impactante y sin precedentes observar cómo la fuerza aérea iraní bombardeaba el emirato de Dubái en el marco de la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Teherán. No solo porque los ataques lograron alcanzar algunos de los lugares más emblemáticos y brillantes del Golfo, sino porque bastaron drones baratos conocidos como “Shahed” —o drones suicidas— para llevar la guerra al corazón de una de las ciudades más ricas y modernas de la región.
Estos aparatos se han convertido en una de las armas más características de la estrategia militar iraní en sus ataques contra países del Golfo. Su bajo coste, combinado con su capacidad para penetrar sistemas de defensa aérea y causar daños significativos, los ha situado en el centro de los análisis militares sobre la evolución de los conflictos contemporáneos.
Aunque Irán no fue el primer país en emplear drones suicidas en combate, esta tecnología adquirió una visibilidad global durante la guerra entre Rusia y Ucrania desde 2022. Sin embargo, su capacidad para penetrar el espacio aéreo de múltiples países en Oriente Medio y provocar daños humanos y materiales ha puesto este tipo de armamento bajo un escrutinio sin precedentes. Para muchos analistas, ello confirma que la superioridad tecnológica en este ámbito será un factor decisivo en las guerras del futuro, que ya han comenzado a tomar forma.
En este contexto, Marruecos —que lleva más de medio siglo inmerso en una disputa con Argelia por el Sáhara— parece haber tomado nota de esta transformación en el arte de la guerra. El conflicto regional se ha intensificado en los últimos años, especialmente desde la llegada al poder del presidente argelino Abdelmadjid Tebboune y el fortalecimiento del liderazgo militar encabezado por el jefe del Estado Mayor Said Chengriha.
Ante este escenario, Rabat ha comenzado a apostar por el desarrollo de esta tecnología en su propio territorio. De hecho, desde 2025 se han dado pasos concretos para impulsar la fabricación nacional de drones suicidas.
En noviembre del año pasado, los diarios israelíes Jerusalem Post y Globes revelaron que la empresa BlueBird había inaugurado una fábrica en la región de Ben Slimane para producir drones suicidas del modelo SpyX. El proyecto forma parte del acuerdo de cooperación militar firmado entre Marruecos e Israel y representa la primera instalación de este tipo en el norte de África.
La apertura de la fábrica se enmarca en la estrategia marroquí de desarrollar una industria nacional de defensa y reforzar sus capacidades tecnológicas militares. Según destacó la revista británica The Economist, la decisión de Rabat de modernizar sus fuerzas armadas se remonta a varios años atrás, aunque faltaba encontrar un socio industrial dispuesto a transferir tecnología avanzada. Ese socio terminó siendo BlueBird, una empresa vinculada a la industria aeroespacial israelí que aceptó transferir por primera vez este tipo de tecnología a un país árabe.
El acuerdo no se limita a la fabricación local de drones. También incluye transferencia tecnológica, formación técnica y cooperación en ingeniería. En este contexto, un equipo marroquí viajó el 12 de noviembre de 2025 a la sede de la empresa para participar en un programa intensivo de formación previo al lanzamiento oficial de la instalación industrial.
Meses antes, en octubre de ese mismo año, unidades de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos habían iniciado ejercicios de campo en zonas desérticas para simular el uso operativo del sistema SpyX. Los entrenamientos incluyeron ataques simulados contra vehículos blindados como el Ratel y el M60, en un entorno que reproduce las condiciones de combate en áreas desérticas profundas.
Rabat tiene en cuenta que la amenaza que percibe desde el este —particularmente a través del Frente Polisario— podría desarrollarse en escenarios desérticos, especialmente considerando la presencia del movimiento en la región argelina de Tinduf y la existencia de una zona tampón que abarca cerca del 20 % del territorio del Sáhara occidental.
Además, las autoridades marroquíes sostienen que Irán actúa como uno de los principales proveedores de armas y entrenamiento para milicias vinculadas al movimiento separatista, lo que añade una dimensión geopolítica adicional a la carrera tecnológica en el ámbito de los drones.
El uso de drones suicidas se inscribe en un fenómeno estratégico conocido como “asimetría de costes”. Este concepto describe situaciones en las que armas relativamente baratas pueden provocar enormes gastos defensivos en el adversario.
Por ejemplo, plataformas especializadas en defensa estiman que el coste de fabricación de un drone iraní del tipo Shahed oscila entre 20.000 y 50.000 dólares. Existen incluso modelos mucho más baratos, como los drones FPV utilizados en la guerra de Ucrania, cuyo precio puede rondar apenas los 1.500 dólares.
Sin embargo, interceptar estos aparatos con sistemas de defensa aérea puede resultar extremadamente costoso. El precio de los drones más avanzados rara vez supera los 200.000 dólares, pero neutralizarlos con un solo misil del sistema Patriot puede costar entre tres y cuatro millones de dólares. En el caso del sistema Thaad, el coste de cada interceptor puede alcanzar hasta los 12 millones de dólares.
Esta realidad coloca a los países atacados ante un dilema estratégico: asumir el desgaste financiero que supone interceptar cada drone o arriesgarse a daños humanos y materiales.
Hasta el 8 de marzo de 2026, el Ministerio de Defensa de los Emiratos Árabes Unidos informó haber detectado 1.422 drones iraníes en su espacio aéreo, de los cuales 1.342 fueron interceptados, mientras que 80 lograron caer dentro del territorio del país. Por su parte, Baréin anunció el 9 de marzo que había interceptado 173 drones desde el inicio de los ataques iraníes contra su territorio.
Estas cifras reflejan hasta qué punto los drones suicidas se han convertido en un elemento central de las guerras del siglo XXI, obligando a los Estados a replantear sus estrategias de defensa ante una tecnología relativamente barata, pero capaz de alterar profundamente el equilibrio militar regional.