La soberbia de Madrid choca con la firmeza de Rabat: entre bastidores por la final del Mundial 2030

La batalla por la designación de la sede de la final del Mundial 2030 ha vuelto a situarse en el centro de la escena deportiva y política entre las capitales implicadas. Esto ocurre tras un informe de Radio Nacional de España (RNE) en el que se afirma que el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid, habría recuperado la delantera en la lista de candidatos para albergar el partido decisivo, frente al ambicioso proyecto marroquí del Estadio Gran Hassan II de Casablanca.

Estos acontecimientos se producen en un contexto político complejo en el que la FIFA desmiente las informaciones del diario británico The Times sobre supuestas promesas definitivas. Al mismo tiempo, se suceden los movimientos del presidente del máximo organismo del fútbol mundial, Gianni Infantino, para asegurarle los votos necesarios para su reelección frente a la oposición de la UEFA, liderada por Aleksander Ceferin. En este escenario de equilibrios de influencia entre los integrantes de la candidatura tripartita (Marruecos, España y Portugal), circulan informaciones sobre una propuesta para conceder a Marruecos la organización del Mundial de Clubes de 2029.

En el plano estrictamente material, Marruecos afronta la recta final por la sede desde una posición de fuerza y de absoluta solidez, respaldado por una superioridad logística e infraestructural incontestable: el Estadio Gran Hassan II se proyecta para 115.000 espectadores, lo que lo convertirá en el feudo más grande del mundo, superando con claridad al Santiago Bernabéu (80.000) y al Spotify Camp Nou tras su remodelación (100.000). Sin embargo, frente a esta realidad objetiva, un sector de la prensa española intenta presentar la legitimidad del Bernabéu como un hecho incuestionable, catalogando una eventual final en Madrid como un mero retorno al "orden natural".

Más allá de una rivalidad deportiva, la cobertura de ciertos medios españoles saca a relucir una arraigada inercia eurocéntrica y un tono paternalista hacia el socio magrebí. Se pretende reducir el envergadura del proyecto de desarrollo e infraestructuras de Rabat a una aspiración compensable mediante una "oferta de consolación" con el Mundial de Clubes, como si la final fuera un patrimonio exclusivo e indiscutible de Madrid. Esta lógica se evidencia al ignorar la superioridad técnica y la capacidad récord del coliseo de Casablanca para fiarlo todo a la influencia en los despachos de la FIFA, recurriendo en ocasiones a narrativas secundarias sobre el uso del deporte que obvian los propios problemas de gestión del fútbol español, anteponiendo una mentalidad de hegemonía a lo que debería ser una alianza transcontinental entre iguales.

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