La historia se puede falsear, la geografía no

Basta con observar como una parte considerable de la prensa española ha abordado la reciente crisis de Ceuta para llegar a una conclusión inquietante. Cuando se trata de Marruecos, los medios se desdibujan las fronteras que deberían separar el periodismo de la movilización, el análisis de la demagogia y la exposición de los hechos de la evocación de viejos temores.

El problema ya no reside simplemente en el sesgo, al fin y al cabo, la prensa de cualquier país puede inclinarse hacia los intereses de su propio Estado. El problema es más profundo y revela la existencia de un discurso casi unánime que tiende a presentar a Marruecos como una amenaza permanente y aprovecha cada crisis con Rabat para desempolvar un vocabulario de “invasión”, “ataque” o “chantaje”. Es como si una parte de los medios españoles siguiera sin desprenderse de una herencia histórica que la lleva a contemplar la orilla sur del Mediterráneo desde la lógica del vencedor y el vencido, en lugar de hacerlo con la mirada de un periodista que busca comprender, contextualizar y explicar la realidad.

En todas las coberturas que hemos seguido resulta difícil hallar un solo medio español que se haya atrevido a romper con la premisa prefabricada y a plantear la cuestión desde la historia y la geografía. Casi todos parten de una misma frase: Ceuta y Melilla son españolas, y desde ahí, se articula toda la argumentación, como si la fuerza de la repetición pudiera suplir por sí sola el examen de una realidad geográfica.

Pero la geografía no lee periódicos.

Ceuta y Melilla son dos ciudades situadas geográficamente en África, mientras que España es un país europeo. Ceuta cayó bajo control portugués por la fuerza en 1415, tras una campaña militar encabezada por el rey João I, y posteriormente pasó a dominio español. Melilla, por su parte, fue ocupada por fuerzas castellanas en 1497. No estamos ante una narrativa política marroquí, sino ante hechos históricos ampliamente documentados por la propia historiografía.

Las leyes, los tratados y las correlaciones de fuerza pueden otorgar legitimidad jurídica o reconocimiento internacional a una situación de soberanía, y una potencia puede consolidar un statu quo durante siglos. Pero las normas creadas por los hombres no redibujan los continentes ni borran la forma en que una fuerza extranjera llegó a controlar un territorio situado geográficamente en África.

Es ahí donde la contradicción española se hace más evidente. Cuando se trata de Gibraltar, cedido a la Corona británica mediante el Tratado de Utrecht de 1713, Madrid apela una y otra vez a la historia y sostiene que más de tres siglos de soberanía británica no invalidan su derecho a reivindicarlo. Sin embargo, cuando la mirada se desplaza hacia Ceuta y Melilla, la historia se convierte de pronto en un expediente cerrado y la soberanía existente pasa a presentarse como una realidad que ni siquiera puede ser sometida a debate.

Y lo más llamativo es que buena parte de la prensa española ha asumido esa contradicción en lugar de cuestionarla.

No se le exige que adopte la posición marroquí, sino algo mucho más elemental, que ejerza como prensa y no como prolongación de la doctrina oficial del Estado. La función del periodista no es reproducir los postulados del poder, sino en interrogar los relatos, incluido el de su propio país.

Y es precisamente ahí donde aflora la crisis profesional. En este tipo de asuntos, la prensa española tendría mucho que aprender de la estadounidense y la británica, e incluso de buena parte de la francesa, de su capacidad para criticar a su propio Estado antes que convertirse en su portavoz, para anteponer los documentos a la emoción y la información al chovinismo, y la pregunta por encima de las certezas nacionales.

Esos medios tampoco están exentos de errores ni de sesgos, pero cuando abordan cuestiones de soberanía, guerra, migración o relaciones internacionales suelen hacerlo con herramientas profesionales más rigurosas, lejos de un vocabulario prefabricado de movilización. En España, en cambio, demasiados medios parecen abandonar la necesaria frialdad periodística en cuanto Marruecos entra en escena y se aproximan al tono propio de un panfleto político. Ahí reside la diferencia entre un periodismo que produce conocimiento y otro que se limita a producir emoción.

La crisis de Ceuta ha demostrado que una parte considerable de los medios españoles no superó esa prueba. Contribuyó a alimentar el temor, recurrió a un lenguaje de guerra allí donde correspondía explicar una compleja crisis migratoria y presentó ese tratamiento como si se tratara de periodismo profesional.

Los periódicos pueden escribir mil veces que Ceuta y Melilla son españolas y pueden invocar todas las leyes que han consolidado la situación actual. Pero hay algo que no cambiará:

Las leyes las hacen los hombres; la geografía no la hace nadie. Se pueden reescribir los relatos, pero no se puede redibujar el mapa con tinta.

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