Las repercusiones de la reciente crisis de Ceuta no se limitaron a la disputa política entre Rabat y Madrid ni al debate sobre migración, soberanía y cooperación en materia de seguridad. Desde finales de julio, una parte del discurso político y mediático español sobre Marruecos, los marroquíes y el rey Mohammed VI ha ido subiendo de tono, hasta el punto de que algunos artículos han traspasado la crítica legítima a las políticas marroquíes para adentrarse en generalizaciones de carácter cultural y religioso y recurrir a un lenguaje que rescata la vieja imagen del «enemigo marroquí», profundamente arraigada en la memoria política española.
Uno de los ejemplos más ilustrativos lo ofrece el diario «El Debate», donde Luis Ventoso publicó un artículo bajo el título «El país más amable del mundo», en el que se remonta a algunos de los episodios más conflictivos de la historia compartida entre España y Marruecos. El autor arranca con la guerra de Tetuán de 1859-1860 y enlaza después la guerra del Rif, la batalla de Annual y el desembarco de Alhucemas, hasta llevar ese recorrido histórico a la etapa del rey Mohammed VI.
El autor optó por dejar a un lado la crítica a la política de Rabat para adentrarse en otros terrenos. Ventoso calificó al monarca marroquí de «lujoso» y vinculó la presencia de marroquíes en España con la delincuencia, para terminar llevando el discurso al plano religioso, al contraponer el islam al cristianismo y al «pensamiento abierto en el que se basa Occidente». El texto cruzó así la frontera de la crítica a una determinada política o actuación del Gobierno marroquí y extendió sus ataques a ámbitos mucho más amplios, hasta alcanzar a la religión, la cultura y la propia sociedad marroquí.
Esa línea de discurso tuvo continuidad en otro artículo del mismo autor, en el que responsabilizó al rey Mohammed VI de lo ocurrido en Ceuta, antes de desplazar nuevamente el foco desde la cuestión política hacia la fortuna del monarca, su estilo de vida y la naturaleza del régimen marroquí.
Esta superposición de crítica política y descalificación personal, especialmente en el contexto de una crisis fronteriza, refleja hasta qué punto el rey Mohammed VI se ha convertido, para un sector de la prensa conservadora española, en la figura sobre la que confluyen las tensiones que atraviesan la relación con Rabat. El debate dejó así de girar exclusivamente en torno a las políticas marroquíes para adquirir un marcado componente personal y trasladar al monarca buena parte de la confrontación entre ambos países.
Ese tono encontró también eco en el diario The Objective, donde el columnista Paulino Guerra fue un paso más allá al titular uno de sus artículos "La quinta columna marroquí en España", recurriendo a una expresión históricamente ligada a la idea de un enemigo que actúa desde el interior de la propia sociedad.
En un país en el que viven más de un millón de personas de origen marroquí, una caracterización de este tipo trasciende el terreno diplomático y corre el riesgo de colocar a toda una comunidad bajo la sospecha de mantener su lealtad hacia un Estado extranjero.
Este lenguaje mediático coincidió, además, con una escalada aún más dura en el terreno político, especialmente desde la extrema derecha. El líder de Vox, Santiago Abascal, calificó de «ejército invasor» a los inmigrantes que entraron en Ceuta y habló de "terrorismo sexual", al tiempo que acusó al Gobierno de Pedro Sánchez de convertir España en un "tercer mundo". Abascal ya había advertido anteriormente de que los propios españoles se encargarían de expulsar a los inmigrantes si el Gobierno no lo hacía, unas declaraciones que se produjeron en un contexto marcado también por tensiones y ataques contra marroquíes en Ceuta.
Ese mismo tono, aunque con distintos grados de intensidad, apareció también en un editorial publicado por La Razón el lunes 17 de agosto, en el que el diario habló de las "ambiciones expansionistas" de Marruecos y sostuvo que estas se habían convertido en una amenaza para Ceuta, Melilla e incluso las Islas Canarias. El periódico publicó, además, un artículo titulado "¿Por qué necesitamos a Marruecos?", que arrancó calificando lo ocurrido en Ceuta como el mayor "insulto" sufrido por España desde la Marcha Verde, para después restar importancia al peso económico de Marruecos para el país vecino.
Sin embargo, sería inexacto meter a toda la prensa española en el mismo saco. El País, por ejemplo, publicó reportajes centrados en las condiciones humanitarias de los inmigrantes y en las muestras de solidaridad de los habitantes de Ceuta, mientras que la agencia EFE documentó una serie de noticias e imágenes falsas que, en plena crisis, contribuyeron a alimentar el miedo hacia Marruecos.
Lo interesante, sin embargo, es la forma en que la memoria histórica resurge cada vez que estalla una crisis entre los dos países. Estudios académicos sobre la imagen de Marruecos en España concluyeron hace años que la desconfianza mutua se alimenta de los prejuicios existentes en la memoria colectiva y los estereotipos que los medios de comunicación reproducen constantemente.
En una parte de la prensa española pervive una corriente de raíz castellana con un profundo trasfondo histórico, forjado a lo largo de siglos de conflicto y convivencia con Marruecos. Sus raíces se remontan al final de la presencia islámica en la península ibérica y atraviesan episodios como la guerra de Tetuán, las guerras del Rif y la batalla de Annual, el periodo del Protectorado español, la Marcha Verde y la crisis del islote de Perejil, hasta llegar a las recurrentes tensiones en torno a Ceuta y Melilla.
Este historial compartido ha ido dejando tras de sí una memoria marcada por la confrontación y los estereotipos mutuos, algunos de cuyos ecos todavía afloran en el discurso mediático contemporáneo. Así quedó patente durante las crisis de 2026, cuando algunos artículos de la prensa española volvieron la vista hacia episodios como Annual y Alhucemas y recuperaron referencias vinculadas a la figura del «moro» y a la contraposición entre el islam y Occidente para abordar acontecimientos políticos y de seguridad actuales entre Rabat y Madrid.
El problema que la crisis de Ceuta ha dejado al descubierto en una parte del discurso español comienza cuando la prensa rebasa la crítica a Rabat o al rey Mohammed VI y sitúa a los marroquíes y al islam en un plano de inferioridad civilizatoria. Llegados a ese punto, ya no parece estar en discusión la relación con un país vecino con el que España comparte intereses, pero también mantiene diferencias y contenciosos, sino que aflora una vieja lógica en la que un centro europeo se arroga el derecho de dar lecciones a un sur al que corresponde recibirlas.
El problema que la crisis de Ceuta ha dejado al descubierto en una parte del discurso español comienza cuando la prensa rebasa la crítica a Rabat o al rey Mohammed VI y sitúa a los marroquíes y al islam en un plano de inferioridad civilizatoria. Llegados a ese punto, ya no parece estar en discusión la relación con un país vecino con el que España comparte intereses, pero también mantiene diferencias y contenciosos, sino que aflora una vieja lógica en la que un centro europeo se arroga el derecho de dar lecciones a un sur al que corresponde recibirlas.
Es entonces cuando la información y el análisis pasan a un segundo plano y asoma, detrás de ellos, un viejo legado que puede describirse como la cultura del "hombre blanco", todavía capaz de aflorar en determinados discursos mediáticos.