Los recientes episodios de migración masiva registrados en Ceuta han puesto a prueba el modelo de convivencia que las autoridades españolas han presentado durante años como uno de los principales rasgos distintivos de la ciudad fronteriza. La crisis humanitaria y de seguridad desencadenada por estos acontecimientos ha abierto un escenario sin precedentes, en el que sectores de la extrema derecha han tratado de convertir la situación en un enfrentamiento identitario entre musulmanes y cristianos.
Desde la entrada de decenas de miles de migrantes en la ciudad, varios dirigentes de la extrema derecha española se han desplazado a Ceuta. Entre ellos figuran el presidente de Vox, Santiago Abascal; el eurodiputado Alvise Pérez; el activista Vito Quiles; y miembros de la organización Núcleo Nacional, identificada como una formación integrada en las corrientes neonazis.
Estos sectores han tratado de presentar lo ocurrido como una "invasión" dirigida contra España y su identidad cristiana, y no como una compleja crisis migratoria que exige una respuesta humanitaria, política y de seguridad.
En esa línea, Alvise Pérez reclamó la declaración del "estado de sitio" y la activación inmediata de la Marina española. Además, hizo un llamamiento a 10.000 personas de la península para que se desplazaran a Ceuta y participaran en una concentración que, según aseguró, tenía por objetivo "defender la soberanía de España". Sin embargo, su convocatoria se topó con un amplio rechazo entre la población ceutí. La Policía se vio obligada a escoltarlo para abandonar el lugar, después de que manifestantes musulmanes y cristianos corearan consignas contra la islamofobia y reivindicaran que Ceuta es una ciudad de todos, y no un escenario en el que dirimir las disputas políticas provenientes de Madrid.
Un discurso similar mantuvo también Santiago Abascal. Vox denunció la presencia de "multitudes de inmigrantes ilegales" y de "hombres en edad de combatir", al tiempo que acusó al Gobierno de haber abandonado Ceuta y de plegarse a Marruecos. Asimismo, reclamó la militarización permanente de la frontera y puso en cuestión la versión oficial sobre el retorno de la mayoría de los migrantes a Marruecos, al sostener que miles de ellos permanecen todavía en la ciudad y que la población vive con miedo.
La instrumentalización de la crisis no tardó en trasladarse a Madrid, donde se convocaron protestas frente a la Embajada de Marruecos en las que se corearon consignas contra los musulmanes y los inmigrantes. En una de ellas hizo acto de presencia la activista de extrema derecha Isabel Peralta, que realizó el saludo nazi.
El discurso que acompañó estas movilizaciones vinculó la inmigración con la necesidad de proteger la "España cristiana" y recuperó conceptos como el de la "Reconquista" y la expulsión de los inmigrantes. De este modo, el debate dejó de centrarse únicamente en la política migratoria para extenderse al cuestionamiento del lugar que ocupan los musulmanes en la propia sociedad española.
Sin embargo, el intento de reproducir en Ceuta los episodios de violencia de carácter racista registrados en otras localidades españolas, como Torre Pacheco, no prosperó. Vecinos musulmanes y cristianos hicieron frente a los miembros de Núcleo Nacional al grito de "Ceuta sí, nazis no" y "Esta también es nuestra ciudad", antes de que la Policía acompañara a los integrantes de la organización hasta el puerto.
Ante este panorama, representantes de diversas asociaciones vecinales destacaron que musulmanes y cristianos cerraron filas durante la crisis y que la población no está dispuesta a que Ceuta se convierta en un caldo de cultivo para el odio. Con todo, el fracaso de la movilización de la extrema derecha no significa que la convivencia haya salido indemne. Los musulmanes representan en torno al 43 % de la población ceutí y, en su inmensa mayoría, tienen nacionalidad española y son de origen marroquí.
De acuerdo con varios investigadores españoles, la identidad de Ceuta se asienta sobre la convivencia entre las tradiciones islámica y cristiana. Desde esa perspectiva, un discurso que identifica la españolidad exclusivamente con el cristianismo deja fuera a una parte esencial de la población.
A esta situación se suman las vulnerabilidades derivadas de la realidad económica y social de Ceuta, marcadas por el elevado desempleo y la fuerte dependencia de amplios sectores de la población del empleo público y del comercio fronterizo. Al mismo tiempo, la ciudad ha experimentado una transformación paulatina de su estructura demográfica, con un aumento del peso de la población de origen marroquí y una reducción de la presencia de algunas familias cristianas que se han trasladado a la península en busca de mejores oportunidades económicas. Con todo, los datos disponibles no permiten hablar de un desplazamiento generalizado ni de un fenómeno organizado.
A pesar de que los habitantes de Ceuta han demostrado su capacidad para resistir los intentos de sembrar discordia, la crisis también ha puesto de manifiesto que la convivencia no es una realidad inmutable para siempre. Cualquier discurso que hable de los musulmanes como una amenaza demográfica o de seguridad, y cualquier llamado a "recuperar" la ciudad de sus habitantes musulmanes, erosiona la confianza entre los distintos sectores de la sociedad y pone en riesgo la paz social en un espacio tan reducido como sensible, que difícilmente podría soportar que la polarización política española derivara en una confrontación religiosa abierta.