En la mañana del 24 de septiembre de 2026, Fátima Zahra Mansouri amaneció siendo la misma mujer que la víspera: ministra, alcaldesa de Marrakech y una de las dirigentes más reconocibles del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM). Y, sin embargo, algo había cambiado.
Las urnas habían colocado a su partido en cabeza de las elecciones legislativas. Los resultados provisionales anunciados por el Ministerio del Interior atribuían al PAM 97 de los 395 escaños de la Cámara de Representantes, por delante de la Agrupación Nacional de Independientes, con 66, y del Partido Istiqlal, con 65.
De repente, el nombre de Mansouri dejó de pertenecer únicamente al presente de la política marroquí para instalarse también en el terreno de sus posibilidades históricas.
La pregunta empezó a imponerse por sí sola: ¿podría la mujer que ha construido buena parte de su carrera entre Marrakech y Rabat convertirse en la primera marroquí al frente del Gobierno?
La Constitución ofrece una primera respuesta, pero no la respuesta completa.
El artículo 47 establece que el rey nombra al jefe del Gobierno entre el partido político que haya quedado en primer lugar en las elecciones a la Cámara de Representantes y atendiendo a sus resultados. Si la victoria del PAM queda confirmada definitivamente, la formación pasaría así a constituir el espacio político del que debe proceder el próximo jefe del Ejecutivo.
Pero la Constitución no da un nombre. No obliga al monarca a escoger al secretario general, al dirigente más visible ni a quien ocupe una determinada posición en la jerarquía interna. Determina el partido, no la persona.
Y es justamente en esa franja, estrecha, pero políticamente decisiva, entre la letra constitucional y la aritmética del poder donde emerge Fátima Zahra Mansouri.
Actualmente ejerce como coordinadora nacional de la dirección colegiada de la Secretaría General del PAM, que comparte con Mehdi Bensaid y Fatima Saadi. Durante la campaña electoral tuvo una presencia destacada tanto en los principales actos del partido como en el despliegue territorial de la formación.
Su nombre, por tanto, no aparece en la conversación sobre la Jefatura del Gobierno por una supuesta prerrogativa automática, sino por la combinación de tres elementos: su posición dentro del partido ganador, su experiencia en las instituciones y una trayectoria que la ha llevado de la política municipal a un ministerio estratégico y, de ahí, a la primera línea de la dirección partidista.
Si el rey Mohammed VI decidiera nombrarla jefa del Gobierno, Marruecos viviría una escena inédita desde la independencia: una mujer encabezaría por primera vez el Ejecutivo.
La importancia simbólica sería difícil de reducir a una fotografía oficial.
Durante décadas, las mujeres marroquíes han ido conquistando espacios en el Parlamento, los ministerios, las administraciones y los gobiernos locales. La llegada de una mujer a la Jefatura del Gobierno supondría algo diferente: el paso de estar presente en los lugares donde se toman decisiones a ocupar la cúspide de la institución encargada de dirigir la acción gubernamental.
También tendría una lectura exterior.
En un momento en que la representación femenina en los centros de poder sigue siendo un indicador observado en las democracias y los sistemas políticos de todo el mundo, Marruecos podría proyectar la imagen de un país en el que una mujer alcanza la jefatura del Ejecutivo a través de una secuencia partidista, electoral y constitucional.
La fuerza de ese símbolo, sin embargo, dependería de lo que viniera después.
Ningún nombramiento, por histórico que sea, sustituye a la acción de gobierno. Una mujer al frente del Ejecutivo constituiría una novedad política de enorme visibilidad, pero su verdadera dimensión acabaría midiéndose con criterios mucho menos ceremoniales: la capacidad de construir una mayoría, gestionar las tensiones de la coalición, responder a las demandas sociales y económicas y someter la acción gubernamental al juego institucional de la responsabilidad y la rendición de cuentas.
En el caso de Mansouri, además, el posible simbolismo de su llegada al cargo se superpone a una biografía marcada desde muy pronto por la proximidad al mundo de la administración.
Nacida en 1976, procede de una familia originaria de Rehamna, aunque Marrakech es la ciudad que terminó dando forma a buena parte de su identidad pública. Su padre, Abderrahman Mansouri, fue pachá de Marrakech durante ocho años. Creció así cerca del lenguaje de la administración territorial y del servicio público, aunque su primera vocación profesional no estuvo en la política, sino en el derecho.
Estudió en el liceo francés Victor Hugo de Marrakech y se licenció en Derecho Privado por la Universidad Mohammed V. Su formación continuó posteriormente fuera de Marruecos: obtuvo un diploma de estudios avanzados en Derecho de Contratos Empresariales en la Universidad de Montpellier y cursó formación en derecho empresarial anglosajón en la Universidad de Nueva York, según la biografía difundida por su formación política.
Después llegó la abogacía.
Trabajó especialmente en asuntos inmobiliarios y empresariales. Durante un tiempo, su mundo estuvo hecho de contratos, expedientes, leyes y operaciones jurídicas. Hasta que esa familiaridad con las normas encontró otra forma de expresión: la política.
Y entonces apareció Marrakech.
La ciudad roja es probablemente la mejor puerta de entrada para comprender la trayectoria de Mansouri. En 2009 fue elegida alcaldesa y pasó a formar parte de una generación de mujeres que comenzaba a ocupar espacios hasta entonces dominados casi exclusivamente por hombres en la dirección de las grandes ciudades.
Después llegó el Parlamento. Más tarde, de nuevo Marrakech. En 2021 recuperó la presidencia del Consejo Comunal de la ciudad y, ese mismo año, fue nombrada ministra de Ordenación del Territorio Nacional, Urbanismo, Vivienda y Política de la Ciudad en el Gobierno de Aziz Akhannouch, cartera que continúa ocupando.
Su recorrido terminó así acumulando varias biografías dentro de una misma carrera: la jurista familiarizada con los códigos; la abogada de negocios; la alcaldesa obligada a gestionar una de las ciudades más complejas y visibles del país; la parlamentaria; la ministra encargada de cuestiones sensibles como el territorio, la vivienda y el urbanismo; y, finalmente, la dirigente situada en la primera línea del PAM.
Su manera de hacer política tampoco responde, al menos públicamente, al modelo del dirigente construido sobre el estruendo.
Mansouri suele expresarse con un registro contenido, más cercano al lenguaje jurídico y administrativo que al de la confrontación permanente. Su presencia política se ha edificado durante años sobre una cierta economía del gesto y de la palabra. Pero esa discreción relativa no ha impedido que, en los últimos tiempos, su figura haya abandonado el terreno casi exclusivo de la gestión para ocupar el escenario partidista.
La campaña de 2026 terminó de hacer visible esa transformación. Aun así, entre ganar unas elecciones y gobernar hay un territorio que ninguna biografía puede atravesar sola.
Los 97 escaños provisionales del PAM están lejos de la mayoría absoluta en una Cámara de 395 miembros. El futuro jefe del Gobierno tendrá que construir una mayoría parlamentaria capaz de sostener al nuevo Ejecutivo. La formación tiene además una dirección colegiada y dispone de otras figuras con peso propio.
Por eso, el nombre de Fátima Zahra Mansouri habita hoy un lugar peculiar: suficientemente cerca del poder como para que la pregunta resulte legítima, pero todavía demasiado lejos de una decisión formal como para convertirla en certeza.
No hay nombramiento. Los resultados continúan siendo provisionales. Y el artículo 47 señala el partido del futuro jefe del Gobierno, no escribe por adelantado su nombre. Pero hay momentos en política en los que una posibilidad dice casi tanto como un acontecimiento.
De Rehamna a Marrakech, Fátima Zahra Mansouri ha recorrido un camino que comenzó en las aulas de Derecho, continuó en los despachos de abogados y, ya en la política, la llevó del Ayuntamiento al Parlamento, al ministerio y a la dirección de un partido que acaba de situarse en cabeza en las urnas. Un recorrido que ahora desemboca ante una puerta desconocida.
Si finalmente la cruza, no será únicamente un nuevo cargo en su currículo. Será la primera vez que una mujer atraviese esa puerta para ponerse al frente del Gobierno de Marruecos.
Por ahora, Mansouri permanece en el umbral. Y quizá esa sea, precisamente, la imagen que mejor resume este 24 de septiembre: una mujer llegada desde Marrakech, situada ante una puerta que la política marroquí nunca antes había visto abrirse de ese modo.