La cuestión del Sáhara parece haber entrado en una nueva fase dentro de la estrategia exterior de Marruecos. Lo que durante décadas fue un expediente tratado de forma paralela a las relaciones bilaterales se está convirtiendo progresivamente en uno de los parámetros que determinan la profundidad de las asociaciones estratégicas del Reino. Al mismo tiempo, ese mismo asunto comienza a perder protagonismo en la agenda de otros actores regionales, incluso cuando estuvo en el origen de algunas de sus principales crisis diplomáticas.
Las dinámicas observadas esta semana entre Marruecos y Francia, por un lado, y entre Argelia y España, por otro, ilustran esa evolución. Mientras Rabat continúa integrando el respaldo a la Iniciativa de Autonomía en el marco político de sus alianzas internacionales, Madrid y Argel avanzan hacia la normalización de sus relaciones sin que la cuestión del Sáhara figure, al menos públicamente, entre los ejes de su agenda bilateral.
Ese planteamiento quedó patente durante la XV Reunión de Alto Nivel celebrada el jueves en Rabat, donde Marruecos y Francia firmaron 14 acuerdos de cooperación en sectores estratégicos bajo la presidencia del jefe del Gobierno marroquí, Aziz Akhannouch, y del primer ministro francés, Sébastien Lecornu. Más allá del contenido económico de los acuerdos, el encuentro confirmó la voluntad de ambos países de elevar su relación a un nuevo nivel mediante la firma de un tratado de amistad durante la próxima visita oficial del rey Mohammed VI a Francia, prevista para el próximo otoño.
La dimensión política de esa nueva etapa quedó reflejada en la posición expresada por Lecornu, quien reiteró el respaldo de Francia a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara y reafirmó que la Iniciativa marroquí de Autonomía constituye la única base para alcanzar una solución política duradera al diferendo regional. Con ello, París consolida una posición que Rabat considera ya integrada en el marco estratégico de la relación bilateral y no como una cuestión separada del resto de la cooperación entre ambos países.
Esta evolución responde a una orientación que Marruecos ha venido reforzando durante los últimos años: vincular el desarrollo de sus asociaciones estratégicas a la claridad de las posiciones de sus socios respecto al Sáhara. Bajo esta lógica, el expediente ha dejado de ocupar un espacio periférico en la acción exterior marroquí para convertirse en uno de los elementos que estructuran sus relaciones políticas y económicas con los Estados que respaldan su propuesta de autonomía.
En paralelo, otro movimiento diplomático parece dibujar una tendencia distinta. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, tiene previsto desplazarse en los próximos días a Argelia en una visita que, según diversos medios españoles, marcará un nuevo paso hacia el restablecimiento pleno de las relaciones bilaterales tras la crisis abierta en 2022, cuando Madrid expresó oficialmente su apoyo a la Iniciativa marroquí de Autonomía.
Los medios españoles apuntan a que la visita permitirá impulsar nuevos acuerdos, especialmente en el ámbito energético, con el objetivo de ampliar el suministro de gas argelino al mercado español y reforzar la cooperación económica entre ambos países. Sin embargo, las informaciones difundidas coinciden en que la cuestión del Sáhara no figura entre los asuntos llamados a protagonizar las conversaciones ni entre los acuerdos cuya firma se da por prevista.
Ese elemento adquiere una relevancia política particular si se tiene en cuenta que fue precisamente el cambio de posición de España sobre el Sáhara el detonante de la ruptura diplomática entre Madrid y Argel. Cuatro años después, la reconstrucción de esa relación parece avanzar sin que el Gobierno español haya modificado su respaldo a la iniciativa marroquí ni sin que Argelia condicione públicamente el restablecimiento de la cooperación a una revisión de esa posición.
Desde la óptica de Rabat, esta evolución refleja una transformación gradual del tratamiento internacional del expediente. Mientras Marruecos continúa situando el Sáhara en el núcleo de sus alianzas estratégicas, otros actores parecen optar por desvincular sus intereses económicos y energéticos de las diferencias políticas surgidas en torno a este asunto.
En ese contexto, la evolución simultánea de las relaciones entre Marruecos y Francia y del acercamiento entre Argelia y España apunta a una nueva configuración diplomática en torno al Sáhara. Por un lado, el respaldo a la Iniciativa de Autonomía se consolida como un componente estructural de las asociaciones que Rabat considera estratégicas; por otro, la normalización entre Madrid y Argel parece desarrollarse sin alterar la posición española sobre el diferendo, una dinámica que el Reino interpreta como un indicio del creciente arraigo internacional de su planteamiento para la resolución del conflicto.