La situación humanitaria en Ceuta sigue siendo especialmente difícil para miles de migrantes que permanecen atrapados en la ciudad tras la gran oleada de llegadas registrada a finales del pasado mes de julio, mientras las autoridades españolas afrontan dificultades para habilitar suficientes plazas de acogida y agilizar la tramitación de los expedientes legales y administrativos relacionados con su situación.
En el último episodio de la crisis, las autoridades españolas desalojaron ayer jueves la playa de El Trampolín, convertida en las últimas semanas en uno de los principales asentamientos improvisados de migrantes en Ceuta. El operativo permitió trasladar a unas 1.700 personas a instalaciones temporales habilitadas para su acogida, aunque la medida apenas logró aliviar la situación durante unas horas, ya que alrededor de 500 migrantes terminaron regresando a la playa. Su vuelta volvió a poner de manifiesto la fragilidad de las condiciones de acogida y las dificultades para ofrecer una solución estable a quienes todavía permanecen en la ciudad.
La misma playa había acabado convirtiéndose, desde comienzos de agosto, en un campamento improvisado al aire libre, después de que el centro de estancia temporal de inmigrantes quedara sin capacidad suficiente para acoger a los nuevos llegados.
El pasado 10 de agosto, la agencia EFE cifró en alrededor de 1.500 las personas que permanecían en estos asentamientos, en su mayoría procedentes de países del África subsahariana. Entre ellas se encontraban unos 150 sudaneses, que se habían organizado para llevar a cabo por su cuenta las tareas de limpieza en la zona en la que se habían instalado.
Estos datos reflejan la magnitud presión que soporta el sistema de acogida en Ceuta. El centro oficial, con una capacidad ordinaria de apenas 512 plazas, albergaba ya a comienzos de agosto a más de 700 personas, mientras más de un millar de migrantes permanecían fuera de sus instalaciones, repartidos entre las zonas montañosas, las playas y las carreteras próximas. La situación llegó a tal punto que el Ejército español tuvo que intervenir durante esos días para repartir agua entre quienes se encontraban a la intemperie y sin un lugar donde alojarse.
El Defensor del Pueblo español ya ha advertido de unas «condiciones de extrema precariedad», tras recibir quejas por la falta de agua potable, duchas, productos de higiene, ropa limpia, atención sanitaria y alimentos. La institución señaló además que numerosos migrantes, entre ellos menores de edad, se veían obligados a dormir al aire libre ante la saturación de los recursos de acogida y la ausencia de alternativas suficientes.
La crisis de alojamiento coincide además con una presión creciente sobre los servicios sanitarios y de seguridad de la ciudad. La ministra española de Sanidad, Mónica García, cifró en unos 5.800 los migrantes atendidos por los servicios sanitarios en apenas quince días, con una especial incidencia en las urgencias, la medicina interna y la atención primaria, aunque descartó que esta elevada demanda haya provocado un «colapso» del sistema sanitario.
Por su parte, los sindicatos de las fuerzas de seguridad españolas han advertido de que algunos cuerpos policiales y servicios públicos se encuentran al límite de su capacidad operativa, en medio de la prolongación de la crisis y de la creciente concentración de migrantes en distintos puntos de la ciudad.
Estos acontecimientos ponen al gobierno español frente a una crisis compleja, por un lado, busca poner fin a los asentamientos improvisados y mejorar las condiciones de alojamiento, y por otro lado, debe hacer frente a las dificultades legales y administrativas vinculadas a las solicitudes de asilo, la situación de los menores y los procedimientos para una eventual devolución a Marruecos.
Cabe recordar que el ministro español del Interior, Fernando Grande-Marlaska, habia cifrado el pasado 13 de agosto en alrededor de 5.000 los migrantes que todavía permanecían en Ceuta, entre ellos 1.898 menores cuya identidad ya había sido verificada.
Entre las operaciones de desalojo y el posterior regreso a las playas, las imágenes de migrantes durmiendo al aire libre o alojados en instalaciones temporales reflejan con especial crudeza una crisis humanitaria para la que Ceuta todavía no ha encontrado una respuesta estable. Varias semanas después de la oleada de llegadas de finales de julio, sus consecuencias siguen pesando sobre la ciudad y han dejado al descubierto los límites de su capacidad de acogida.