El despertar del "hombre blanco" en la prensa española

Hay algo en buena parte del debate mediático español sobre Marruecos que empieza a desbordar los límites de la crítica política legítima.

Durante los últimos días, el debate ha empezado a cruzar una línea que va más allá de exigir explicaciones a Rabat por la crisis de Ceuta o de confrontar posiciones sobre inmigración, soberanía y relaciones bilaterales, cuestiones que los españoles tienen todo el derecho a discutir con la dureza que consideren oportuna. El problema surge cuando el foco deja de estar puesto en la actuación del Estado marroquí y se traslada a los propios marroquíes, sobre quienes empiezan a proyectarse juicios colectivos, como si todo un pueblo pudiera quedar reducido a categorías de carácter securitario o a valoraciones sobre su encaje cultural y civilizatorio.

Esta deriva alcanzó una expresión especialmente llamativa cuando el escritor español Paulino Guerra tituló "La quinta columna marroquí en España" un artículo publicado en el diario The Objective. La elección de las palabras no es menor; "quinta columna" dista mucho de ser una expresión inocua en el léxico político europeo, donde remite históricamente a grupos que, desde el interior de un país, actúan al servicio de un enemigo exterior.

Este discurso no es nuevo ni ha surgido al calor de la actual crisis. Ya en El Debate, Alejandro Espinosa Solana llegó a presentar Marruecos como un país cuyas autoridades envían a España a "marginados, condenados, delincuentes, drogadictos y enfermos mentales", para preguntarse después, abiertamente, si la aportación de los marroquíes y musulmanes a la sociedad española llega a "compensar" el coste de su acogida.

En ese mismo diario, Juan Van-Halen fue un paso más allá al calificar la inmigración procedente de Marruecos de "invasión islámica" y hablar de inmigrantes que "no se integran" y son "arrogantes". La Gaceta, por su parte, llegó a presentar Marruecos como "la mayor amenaza para la seguridad de España" y recuperó también la expresión "quinta columna" para referirse a la comunidad marroquí.

El problema no radica en criticar a Marruecos, ni tampoco en que desde España se defiendan los intereses del país, algo perfectamente legítimo en cualquier prensa nacional. El problema comienza cuando la nacionalidad pasa a ser motivo de sospecha, la pertenencia a la comunidad marroquí se convierte en indicio de deslealtad y la condición de musulmán basta para ser percibido como una potencial amenaza para la seguridad.

Es en ese punto cuando vuelve a aflorar un viejo mal europeo que muchos daban ya por superado: el "complejo del hombre blanco". Una mirada desde la que determinados intelectuales del Norte observan al Sur desde una pretendida superioridad civilizatoria, arrogándose el derecho a establecer cuáles son los valores y quién puede definirlos, mientras los demás quedan condenados a pasar un examen permanente para demostrar que son merecedores de esos mismos valores.

Pero las relaciones entre los pueblos no se miden únicamente por el ruido que generan determinadas columnas de opinión. Ese marroquí al que en ocasiones se presenta como una carga para España es también turista, consumidor, inversor y contribuyente.

Atengámonos a las cifras. Solo en 2025, los visitantes procedentes de Marruecos gastaron cerca de 1.084 millones de euros durante sus estancias en España, un 16,7% más que el año anterior, con un desembolso medio de unos 1.193 euros por viaje. Andalucía concentró, por sí sola, el 47,7% de sus visitas.

Y el peso económico no se limita al turismo. Los marroquíes se situaron en 2025 entre los principales compradores extranjeros de vivienda en España: adquirieron 5.654 inmuebles durante el primer semestre y otros 5.154 en el segundo, lo que eleva el balance anual por encima de las 10.800 operaciones. En la segunda mitad del año llegaron incluso a pisar los talones a los británicos, de los que les separó un margen mínimo en la pugna por encabezar las compras de vivienda por parte de extranjeros.

En Andalucía, de hecho, los marroquíes tienen un peso considerable entre los compradores extranjeros residentes. Y detrás de esas operaciones hay mucho más que una escritura de compraventa. El dinero acaba repercutiendo en inmobiliarias, constructoras, bancos, Hacienda, restaurantes, comercios y empresas españolas de servicios. Difícilmente puede llamarse a eso una "quinta columna".

Y más allá de esos estereotipos, hay una realidad económica de mucho mayor calado. Las propias cifras del Ministerio de Economía y Comercio español hablan por sí solas. Los intercambios entre Marruecos y España rebasan los 22.500 millones de euros anuales, mientras España se mantiene como el primer socio comercial del Reino.

La balanza, además, juega a favor de España, con un superávit que supera los 3.000 millones de euros. Conviene no perder de vista ese dato, porque pone negro sobre blanco hasta qué punto la economía española tiene intereses en juego en la estabilidad de las relaciones con su vecino del sur. Más de 350 empresas españolas están implantadas en Marruecos y el Reino es, a su vez, el principal destino de la inversión española en África.

Y si todavía hay quien contempla Marruecos como una periferia meridional subordinada, las cifras portuarias apuntan otra realidad. Tánger Med gestionó en 2025 más de 11,1 millones de contenedores, mientras que Algeciras, el mayor puerto de España por tráfico de mercancías, ronda los cinco millones anuales.

Las cifras permiten constatar, por tanto, que la orilla sur del Estrecho se ha consolidado como un polo logístico que supera en tráfico de contenedores a cualquier puerto español considerado individualmente. Un dato que hace difícil reducir un país dotado de semejante infraestructura económica al discurso del "peligro procedente del sur".

Más importante aún, la seguridad de los propios españoles también forma parte de esta relación. En marzo de 2026, la Policía Nacional española informó de que la cooperación con los servicios de inteligencia marroquíes se había traducido, desde 2014, en 31 operaciones conjuntas y en la detención de 150 personas vinculadas al terrorismo yihadista. Las propias autoridades españolas calificaron oficialmente a Marruecos de "socio esencial" en la neutralización de amenazas terroristas.

Ese reconocimiento a la cooperación en materia de seguridad también ha tenido su reflejo institucional. En 2019, Felipe VI concedió, a propuesta del ministro del Interior, la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil al director general de la Seguridad Nacional y de la Vigilancia del Territorio de Marruecos, Abdellatif Hammouchi, precisamente en el marco de la cooperación en materia de seguridad entre ambos países.

La relación ha demostrado su importancia incluso en terrenos aparentemente alejados de la seguridad. Cuando España quedó a oscuras durante el histórico apagón del 28 de abril de 2025, Marruecos fue uno de los países vecinos que contribuyeron a la recuperación de la red eléctrica.

El propio Pedro Sánchez explicó que el suministro pudo restablecerse en algunas zonas del país gracias a las interconexiones eléctricas con "Francia y Marruecos". Horas más tarde, volvió a situar las conexiones con ambos países entre los tres mecanismos fundamentales que permitieron recuperar la red eléctrica nacional.

Y luego está la historia, que tampoco debería provocar a nadie un "cólico histórico". Si el recuerdo de Córdoba y Sevilla, o la huella de almorávides y almohades, dinastías que gobernaron Marruecos y cruzaron el Estrecho para extender también su dominio sobre amplias zonas de Al Ándalus, despierta todavía en algunos viejos sentimientos de rivalidad, convendría poner las cosas en su sitio. Aquello pertenece a una historia ya pasada, con sus grandezas, sus tragedias y sus transformaciones.

No tiene sentido hacer recaer sobre los marroquíes de hoy el peso de las batallas del siglo XII, como tampoco cargar sobre los españoles actuales las guerras de la Reconquista y todo lo que vino después. Las naciones maduras estudian su historia, no se sirven de las columnas de los periódicos para ajustar cuentas con el pasado.

España y Marruecos podrán discrepar mañana sobre Ceuta y Melilla, la inmigración, el Sáhara, las aguas territoriales, la agricultura e incluso sobre quién debe albergar la final del Mundial. La prensa española podrá ser todo lo dura que quiera con Rabat, pero hay una línea que no debería desdibujarse. Marruecos es un Estado con el que se puede discrepar; los marroquíes no son una "quinta columna".

Y un vecino que te compra y te vende, que se aloja en tus hoteles, adquiere tus viviendas, protege contigo el Estrecho, comparte con tus servicios de seguridad información que permite prevenir atentados terroristas y ayuda a sostener tu red eléctrica cuando se apagan las luces puede ser un vecino difícil, competidor y distinto. Pero es, sin duda, bastante más complejo que la imagen que algunos escritores españoles siguen proyectando mientras miran hacia el sur desde el balcón del "hombre blanco"

¡Así de sencillo!

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