De víctimas del fascismo en la playa de Argelès a verdugos en las playas de Ceuta: El alzhéimer de la memoria española

«¿Sabes qué hicieron los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer a los republicanos españoles en 1939? Pues lo mismo que España está haciendo a las personas migrantes en la playa del Trampolín en Ceuta. Es vergonzoso que se repita así la historia».

Con estas contundentes palabras, la política española y exministra Irene Montero sintetizó una profunda contradicción en la memoria colectiva de España. La declaración no fue una mera trifulca política coyuntural sobre la gestión fronteriza, sino un grito de alarma frente al auge de la extrema derecha y los grupos neonazis que han convertido las calles y las fronteras de Ceuta en un escenario de incitación y agresión contra las personas migrantes. Se trata del rescate de uno de los capítulos más desgarradores y oscuros del siglo XX español: aquel en el que los propios españoles se vieron forzados a vivir como «indeseables» sobre la arena de playas heladas cercadas por espinos.

El invierno de 1939: «La Retirada»

En febrero de 1939, tras la inminente caída de Cataluña a manos de las tropas del general Francisco Franco —respaldadas por el fascismo italiano y el nazismo alemán—, cientos de miles de españoles comprendieron que quedarse significaba la ejecución o el presidio. Comenzó así «La Retirada», el mayor éxodo masivo en la historia contemporánea de la península ibérica.

Más de 500.000 españoles ;soldados derrotados, mujeres, niños y ancianos, cruzaron los Pirineos nevados bajo un constante bombardeo aéreo y artillero. Les guiaba la esperanza de que la vecina Francia, con su histórico lema de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», les abriera las puertas como refugio seguro. Sin embargo, la realidad deparó un choque humano devastador.

Argelès-sur-Mer: Un penal con suelo de arena y cielo por techo

El Gobierno francés de la época no estaba preparado para semejante flujo humanitario y actuó paralizado por el temor político a importar el conflicto español. Tras cerrar las fronteras inicialmente, y ante la magnitud de la catástrofe, terminó cediendo, pero no trató a los recién llegados como refugiados, sino como «internados administrativos» que representaban un riesgo para la seguridad nacional.

Decenas de miles de personas —más de 100.000— fueron confinadas en una pequeña localidad costera: Argelès-sur-Mer. Allí no les esperaba más que un arenal inhóspito expuesto al embate del Mediterráneo, rodeado de alambre de espino y custodiado por las tropas coloniales del ejército francés, en una manifestación temprana de la política de «aislamiento y disuasión».

En ausencia total de infraestructuras, aquella playa que alguna vez fue un enclave natural apacible se transformó en un penal al aire libre. Los exiliados se vieron obligados a cavar hoyos en la arena con sus propias manos y a cubrirse con harapos para protegerse del viento gélido. Al convertirse el agua del mar mezclada con aguas residuales en la única fuente de hidratación, no tardaron en propagarse epidemias de tifus y disentería, mientras la comida se arrojaba desde camiones como si de alimento para ganado se tratara. En cuestión de semanas, el frío, el hambre y la tuberculosis se cobraron la vida de miles de personas, enterradas en fosas comunes improvisadas a orillas del mar como testigos silenciosos de una tragedia silenciada.

El confinamiento masivo de españoles en las playas de Argelès-sur-Mer, un episodio de drama humano y exilio en la historia reciente.

Del infierno del fascismo al matonismo de la extrema derecha

Al evocar Argelès-sur-Mer para compararlo con lo sucedido en Ceuta, Montero no solo confrontaba marcos políticos, sino que ponía el foco sobre los mecanismos de aislamiento y deshumanización que hoy reaparecen con un nuevo rostro; donde quienes cruzan enfrentan hoy condiciones humanas y sanitarias de extrema dureza bajo el peso del acoso y la estigmatización.

La paradoja más dolorosa reside en que aquellos españoles que en 1939 huyeron del terror fascista y de sus aliados nazis para terminar siendo humillados en las playas francesas, ven hoy cómo parte de sus descendientes presencian actitudes semejantes. La extrema derecha y los colectivos neonazis lideran hoy en España discursos de odio y campañas de agresión contra los migrantes que buscan un futuro mejor, sometiéndolos a violencia física y marginación racial.

Las hemerotecas demuestran que la prensa derechista francesa de 1939 tildaba a los exiliados españoles de «escoria» y «amenaza criminal», los mismos adjetivos y mecanismos de demonización que la extrema derecha española reproduce hoy contra quienes intentan cruzar la frontera de Ceuta.

Vista del campo de concentración improvisado en las playas del sur de Francia durante 'La Retirada' de 1939, donde cientos de miles de republicanos españoles sufrieron la estigmatización y la precariedad.

El mapa de la paradoja soberana

A esta amnesia histórica se suma una ironía geopolítica insostenible. Mientras el discurso institucional español criminaliza a los jóvenes marroquíes —junto a subsaharianos y sudaneses— que intentan cruzar hacia Ceuta en busca de una vida digna, se omite deliberadamente que dicha presión ocurre dentro del propio espacio geográfico e histórico de Marruecos, sobre un territorio cuya soberanía sigue siendo objeto de una legítima reivindicación nacional. En Ceuta, España no solo levanta muros contra la desesperación humana, sino que pretende atrincherar una anomalía colonial sobre el propio suelo africano.

La tragedia de Argelès retrata una profunda amnesia histórica: ¿cómo puede una sociedad que sufrió el drama del despojo y la persecución fascista permitir que los residuos del neonazismo y la extrema derecha se ensañen con las nuevas víctimas en sus fronteras? El recordatorio de Montero a la opinión pública no fue un mero ejercicio de memoria histórica, sino un severo juicio moral a una conciencia política cuya memoria debió servir de escudo contra la barbarie, y no de velo para su repetición.

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