Cuando Marruecos se convierte en arma electoral: ¿qué está pasando en España?

Hay momentos en los que la política deja de buscar soluciones y comienza a fabricar enemigos. Y cuando eso ocurre, los países vecinos, las fronteras y hasta las relaciones entre pueblos pueden terminar convertidos en instrumentos de una batalla que poco tiene que ver con la realidad cotidiana de los ciudadanos.

Las recientes manifestaciones y el intenso debate político y mediático en España han vuelto a colocar a Marruecos y a Ceuta en el centro de la polémica. Sin embargo, una pregunta merece ser formulada con serenidad: ¿se está hablando realmente de Marruecos y de Ceuta, o se está utilizando a Marruecos y a Ceuta para hablar de la política española?

El periodista español Jesús Montesinos ha puesto el dedo en una cuestión incómoda. A su juicio, el espectáculo político y mediático alrededor de Marruecos está haciendo que España ofrezca una imagen impropia de un país europeo, llegando incluso a compararla con la de un país del llamado Tercer Mundo. Montesinos cuestiona, además, la utilización política de la cuestión marroquí y de Ceuta en el enfrentamiento interno español.

Su reflexión adquiere especial relevancia cuando recuerda un dato difícil de ignorar: aproximadamente cuatro millones de españoles viajan cada año a Marruecos como turistas.

Cuatro millones.

Son cuatro millones de personas que cruzan el Estrecho, conocen ciudades marroquíes, comen en sus restaurantes, recorren sus calles, visitan a familiares o amigos, hacen negocios y descubren una sociedad que, con todas sus diferencias y contradicciones, forma parte de la realidad mediterránea que España comparte con Marruecos.

Entonces, ¿cómo se explica que una parte del discurso político español presente periódicamente a Marruecos como una amenaza permanente, mientras millones de españoles cruzan cada año el Estrecho para visitar el país?

La respuesta quizá no esté solamente en la política exterior.

Marruecos como argumento electoral

Montesinos apunta a una cuestión todavía más delicada: las elecciones de 2027.

Cuando se aproximan unas elecciones, determinados asuntos adquieren una intensidad que no siempre corresponde con su verdadera dimensión. La inmigración, las fronteras, Ceuta y Melilla, Marruecos, el Sáhara y las relaciones bilaterales pueden convertirse fácilmente en munición política.

Y aquí aparece el verdadero problema.

Una cosa es defender los intereses nacionales de España. Otra muy diferente es convertir a un país vecino en un instrumento permanente de confrontación partidista.

España tiene todo el derecho a defender sus fronteras, sus ciudadanos y sus intereses. Marruecos, como cualquier Estado, también defiende los suyos. Las diferencias existen y algunas son profundas. Pero precisamente por eso necesitan diplomacia, diálogo y una política exterior seria, no una sucesión de discursos incendiarios diseñados para alimentar las redes sociales o movilizar electorados.

Ceuta merece respeto. Marruecos merece respeto. España merece respeto.

Y los ciudadanos de ambos lados del Estrecho merecen algo todavía más importante: que sus relaciones no sean utilizadas como combustible para una batalla electoral.

El Estrecho que une, no solamente el Estrecho que separa

Durante demasiado tiempo se ha presentado el Estrecho de Gibraltar exclusivamente como una frontera.

Pero también es un puente.

Un puente humano, económico, cultural y familiar.

Miles de familias mantienen vínculos a ambos lados. Empresas españolas trabajan en Marruecos. Empresas marroquíes tienen intereses en España. Universidades, asociaciones culturales y organizaciones de la sociedad civil colaboran. Millones de personas viajan en ambas direcciones.

Ese Marruecos real, ese Marruecos cotidiano, no siempre aparece en los titulares.

Aparece, en cambio, el Marruecos de la confrontación.

Y cuando la política necesita un enemigo, el vecino puede convertirse en el candidato perfecto.

La pregunta que España debería hacerse

No se trata de ignorar los problemas.

España debe hablar de inmigración. Debe hablar de seguridad. Debe hablar de sus relaciones con Marruecos. Debe defender sus intereses en Ceuta y Melilla. Y debe exigir explicaciones cuando considere que determinadas actuaciones de otro Estado afectan a sus ciudadanos.

Pero hacerlo con responsabilidad no significa callar.

Significa precisamente lo contrario: hablar con seriedad.

Porque cuando cada problema se convierte en una crisis diplomática, cuando cada declaración es presentada como una amenaza y cuando cada diferencia con Marruecos se transforma en una batalla patriótica, la política termina perdiendo algo fundamental: la capacidad de distinguir entre un problema real y una oportunidad electoral.

Y quizá ahí se encuentre la verdadera advertencia de Jesús Montesinos.

No se trata únicamente de Marruecos.

Se trata de España.

De la calidad de su debate público. De la responsabilidad de sus dirigentes. Del papel de sus medios de comunicación. Y de la facilidad con la que determinadas cuestiones internacionales pueden ser utilizadas para alimentar divisiones internas.

En 2027 habrá elecciones.

Pero Marruecos seguirá estando al otro lado del Estrecho.

Los españoles seguirán viajando a Marruecos. Los marroquíes seguirán viajando a España. Las familias seguirán cruzando la frontera. Las empresas seguirán haciendo negocios. Y los dos países seguirán necesitando entenderse porque la geografía no se puede cambiar con un discurso electoral.

Por eso, quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos quién gana cada batalla política y empezar a preguntarnos qué pierde una sociedad cuando convierte a su vecino en enemigo permanente.

El Mediterráneo ya tiene suficientes fronteras. 

No necesita que la política levante otras nuevas.

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