«Ceuta no era marroquí»… Una tesis doctoral española choca con la historia documentada que vincula la ciudad con Marruecos antes de la ocupación portuguesa y del establecimiento del Estado español moderno

Al calor de la reciente crisis migratoria en Ceuta, han vuelto a salir del cajón viejos expedientes y debates que trascienden la cuestión migratoria y vuelven a poner el foco en el pasado histórico de la ciudad. En este contexto, un informe publicado por el periódico español OKDIARIO ha reabierto, tanto en el ámbito político como mediático, el debate sobre la situación histórica de Ceuta a través de una entrevista con el historiador español José Antonio Ruiz, doctor en Historia del Arte y exprofesor de Historia y Geografía, quien sostiene que Ceuta «no era marroquí» y considera que compararla con Gibraltar constituye, en su opinión, un error histórico, apoyándose principalmente en la secuencia histórica del control portugués y, posteriormente, español sobre la ciudad.

Según su planteamiento, Ceuta permaneció bajo dominio portugués entre 1415 y 1668, cuando el Tratado de Lisboa reconoció su integración en la Corona española. Sobre esa base, Ruiz descarta que el concepto de «colonización» pueda aplicarse al caso ceutí y cuestiona, además, que la configuración moderna del Estado marroquí pueda esgrimirse para fundamentar la reivindicación sobre la ciudad. Su argumento parte de que «el Estado marroquí», en su forma actual, no se constituyó hasta 1956.

Sin embargo, esta lectura abre un interrogante que va mucho más allá de determinar simplemente la fecha en que Ceuta pasó de manos portuguesas a españolas. La cuestión tiene que ver con la naturaleza del Estado y del poder político en el norte de África antes de la aparición del Estado nacional moderno y con hasta qué punto resulta adecuado proyectar el concepto de Estado moderno, con sus fronteras e instituciones actuales, sobre una historia política que se extendió durante siglos, en los que sultanatos, reinos, emiratos, tribus y ciudades configuraban estructuras políticas distintas del modelo europeo moderno.

Afirmar que Marruecos no existía antes de 1956 pasa por alto, desde una lectura histórica objetiva, la sucesión de Estados, dinastías y centros de poder que gobernaron el territorio marroquí durante siglos, desde los idrisíes, almorávides, almohades, meriníes y saadíes hasta la dinastía alauí. Lejos de constituir simples entidades locales aisladas, estas estructuras ejercieron autoridad política, militar y administrativa sobre amplias extensiones del territorio. La propia Ceuta formó parte de un espacio político, civilizacional y geográfico históricamente vinculado a Marruecos.

Las fuentes históricas marroquíes ofrecen, por el contrario, una imagen muy distinta de aquella que circunscribe la historia de Ceuta a la llegada de los portugueses en 1415. De acuerdo con estas fuentes, la ciudad estuvo durante siglos ligada a la trayectoria histórica de Marruecos y del norte de África, mientras que su posición estratégica a las puertas del estrecho de Gibraltar hizo que su devenir quedara estrechamente ligado a las grandes transformaciones políticas y militares que atravesaron Marruecos y Al-Ándalus.

La geografía irrumpe, en este sentido, con toda su fuerza, ya que Ceuta se encuentra en el extremo norte de Marruecos y únicamente queda separada del resto del territorio marroquí por unas fronteras trazadas como resultado de los acontecimientos militares y políticos posteriores. Dicho de otro modo, su ubicación dentro del espacio geográfico del norte de Marruecos no constituye un elemento menor en este debate, sino un factor que ha acompañado las distintas etapas de la historia de la región.

En esta línea, un artículo histórico publicado en la revista «Da'wa al-Haq» señala que Ceuta estuvo históricamente vinculada a la tribu de Anjra y traza un amplio recorrido por el pasado de la ciudad, desde la conquista islámica y las sucesivas etapas políticas y civilizatorias hasta su caída en manos portuguesas en 1415. Hasta entonces, Ceuta había sido una metrópoli marroquí con una notable proyección científica, cultural y política, además de cuna de destacados eruditos y hombres de letras, entre ellos el cadí Iyad, nacido en la ciudad en el año 476 de la Hégira, una trayectoria que da cuenta del lugar que ocupaba Ceuta dentro del espacio civilizatorio marroquí durante la Edad Media.

Las antiguas fuentes marroquíes contienen claras referencias a la posición de Ceuta dentro de «Barr al-‘Adwa» y la sitúan entre las principales metrópolis de la orilla sur del estrecho de Gibraltar. A caballo entre Marruecos y Al-Ándalus, la ciudad mantuvo históricamente estrechos vínculos con ambos espacios, favorecidos por una posición estratégica que la convirtió en punto de tránsito, comercio y comunicación entre las dos orillas del Estrecho.

Aquí emerge uno de los puntos cruciales del debate actual. Que una ciudad pase, en un momento determinado, a estar bajo control militar o político de otra potencia no implica que su historia comience a escribirse a partir de ese episodio. La entrada de los portugueses en Ceuta en 1415 marca una etapa en la trayectoria de la ciudad, pero no invalida los siglos que la precedieron ni borra los vínculos históricos que mantuvo con el espacio marroquí.

En 1415, los portugueses se apoderaron de Ceuta, abriendo una nueva etapa en la historia de la ciudad, marcada por el reforzamiento de las fortificaciones militares, la expulsión de la población musulmana y la consolidación del dominio portugués. A partir de entonces, Marruecos trató de recuperar la plaza en distintos momentos, como recogen las fuentes históricas marroquíes, que dan cuenta de sucesivos intentos militares por retomar Ceuta tras su caída en manos portuguesas.

Tras la batalla de Alcazarquivir en 1578 y la posterior unión de las coronas portuguesa y española, Ceuta quedó bajo la Corona española. Cuando Portugal recuperó su independencia en 1640, la ciudad permaneció vinculada a España, una situación que quedó posteriormente reconocida por el Tratado de Lisboa de 1668.

Ahora bien, que el Tratado de Lisboa de 1668 zanjara la situación jurídica de Ceuta respecto a España no invalida los siglos anteriores de presencia política y civilizatoria marroquí, ni el hecho de que Marruecos continuara considerando, a partir de entonces, la ciudad como parte de un territorio que le había sido arrebatado por la fuerza.

Durante el periodo de la dinastía alauí aparecen otros elementos relevantes en este recorrido histórico. El sultán Moulay Ismail sometió Ceuta a sitio a partir de 1694, en una ofensiva que se prolongó durante años, mientras que otros sultanes marroquíes trataron posteriormente de recuperar la ciudad. La continuidad de estos intentos pone de manifiesto que la presencia española en Ceuta no constituyó históricamente un hecho asumido por el Estado marroquí, sino que la ciudad siguió formando parte de una cuestión ligada a la soberanía y al territorio.

Décadas más tarde, Marruecos y España firmaron en Marrakech el Tratado de Paz y Comercio de 1767, que contenía disposiciones relacionadas con Ceuta y Melilla y al que siguieron otros acuerdos destinados a regular las fronteras y las zonas circundantes a ambas ciudades. Estos tratados, sin embargo, difícilmente pueden desligarse de los equilibrios de poder de cada época, puesto que el reconocimiento en un acuerdo internacional de una determinada realidad política o delimitación fronteriza no supone necesariamente la renuncia a la memoria histórica ni a las reivindicaciones de soberanía vinculadas a un territorio.

Esta cuestión adquiere aún mayor relevancia al adentrarse en el siglo XIX, cuando la guerra hispano-marroquí desembocó en la imposición de nuevos arreglos territoriales a Marruecos, entre los que destacó la ampliación del perímetro de Ceuta. Las fuentes marroquíes señalan que la expansión española no se circunscribió a los límites existentes, sino que estuvo ligada a una política expansionista orientada a ampliar el cinturón defensivo de la ciudad, una dinámica que acabó alimentando los enfrentamientos militares entre Marruecos y España.

Durante la Guerra de África, también conocida como Guerra de Tetuán, el Ejército español avanzó desde Ceuta hacia territorio marroquí, hasta que el conflicto concluyó con el Tratado de Wad-Ras de 1860, que impuso duras condiciones a Marruecos, entre ellas el pago de una cuantiosa indemnización y la ampliación de los límites de Ceuta. Este episodio pone de manifiesto que las fronteras de la ciudad no permanecieron inalteradas durante siglos, sino que fueron objeto de sucesivas modificaciones y ampliaciones en un contexto militar y político marcado por la correlación de fuerzas.

En cuanto a Melilla, su trayectoria se inscribe en el mismo contexto histórico. Situada en la costa mediterránea marroquí, la ciudad permanece bajo control español desde finales del siglo XV, mientras que el territorio sometido a administración española a su alrededor fue ampliándose gradualmente con el paso del tiempo. Hablar de Ceuta y Melilla, por tanto, no remite a dos ciudades geográficamente desligadas del territorio marroquí, sino a dos enclaves europeos en la costa norte de Marruecos, cuyas fronteras actuales son fruto de una larga sucesión de guerras, ocupaciones, tratados y expansiones territoriales.

La geografía vuelve a cobrar aquí un peso determinante. Ceuta y Melilla no se encuentran en un territorio español geográficamente conectado con la península ibérica, sino en la costa marroquí. Esta realidad constituye uno de los principales pilares del argumento marroquí, que interpreta la continuidad de la soberanía española sobre ambas ciudades como un vestigio de una etapa histórica colonial cuyos efectos perduran hasta la actualidad.

Desde esta óptica, la tesis del historiador español de que «Marruecos no existía cuando Ceuta se convirtió en española» parece descansar en una definición restrictiva del concepto de Estado, al tomar como referencia el Estado marroquí moderno que recuperó su independencia en 1956 y desvincularlo de los Estados y sultanatos que gobernaron el territorio marroquí durante los siglos anteriores. Una lectura que cobra especial relevancia si se aplica el mismo criterio al propio Estado español, cuya configuración moderna también fue posterior a buena parte de esa trayectoria histórica.

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