La ausencia de iniciativas públicas por parte de Marruecos sobre Ceuta y Melilla, ciudades ocupadas por España, y otros expedientes pendientes suele interpretarse como una señal de que este contencioso ha perdido prioridad para Rabat. Sin embargo, esa lectura pasa por alto la lógica que, según diversos analistas marroquíes, ha guiado la diplomacia del Reino desde la independencia: establecer una jerarquía entre sus principales expedientes estratégicos y actuar en función de las circunstancias políticas más favorables.
Dentro de ese planteamiento, el investigador especializado en relaciones hispano-marroquíes Nabil Driouch considera que el conflicto del Sáhara ha condicionado durante décadas la acción exterior marroquí y ha relegado temporalmente otros contenciosos abiertos con España, sin que ello supusiera abandonar las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. En palabras del especialista, «la cuestión de Sebta y Melilla se ha visto afectada, desde la independencia, por los grandes problemas a los que se ha enfrentado Marruecos, entre los que destaca la cuestión del Sáhara, que ha mermado al país tanto económica como diplomáticamente y se ha convertido en una baza de presión en manos de España contra Marruecos para que no siga adelante con sus reivindicaciones históricas relacionadas con Sebta y Melilla».
Esa prioridad otorgada al Sáhara, no ha impedido que Marruecos recuerde periódicamente su posición histórica cuando considera que España rebasa determinados límites políticos o diplomáticos. En una declaracion concedida al diario Assahifa Español , Driouch subraya que Rabat ha reaccionado siempre que Madrid ha adoptado decisiones percibidas como especialmente sensibles para este expediente. Así, recuerda que esa respuesta se produjo « cada vez que España ha traspasado ciertas normas no escritas relativas a las ciudades, como la organización de una visita de los monarcas españoles a las mismas en noviembre de 2007, cuando Marruecos retiró a su embajador en Madrid, o la adopción de medidas , como ha ocurrido en otras ocasiones, como la convocatoria del embajador español en Marruecos por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores marroquí en señal de protesta».
El investigador también llama la atención sobre una diferencia fundamental entre la percepción existente en España y la realidad marroquí. Mientras el debate sobre Ceuta y Melilla reaparece con frecuencia en la política española, en Marruecos el expediente apenas forma parte del debate público y solo adquiere protagonismo cuando el contexto diplomático lo exige. En ese sentido, Driouch afirma que «el asunto no es una cuestión de opinión pública ni se plantea para el debate en los medios de comunicación públicos ni siquiera en los privados, y no se organizan coloquios al respecto a menos que el contexto político lo exija». Asimismo, añade que «la élite política marroquí no conoce en profundidad la historia del problema ni sus antecedentes, y se basa en los fundamentos históricos que el Partido del Istiqlal fue el que más se esforzó por sentar».
Desde esta perspectiva, la gestión del expediente responde más a una lógica de largo recorrido que a una estrategia de confrontación inmediata. Para Driouch, existe la convicción de que determinados asuntos solo pueden resolverse cuando las condiciones políticas e internacionales alcanzan un determinado grado de madurez.
Marruecos como España son conscientes de que la evolución de las relaciones bilaterales ofrece un marco mucho más propicio que cualquier escenario de tensión. Por ello, Driouch sostiene que «incluso España es consciente de que este asunto se resolverá cuando maduren sus circunstancias, ya que no se resolverá mediante la confrontación, sino a través del diálogo estratégico entre ambos países».
La transformación económica del norte alteró el equilibrio con Ceuta y Melilla
Junto al factor político, existe otro elemento que ha modificado progresivamente el contexto del expediente: la profunda transformación económica experimentada por el norte de Marruecos durante las dos últimas décadas. El especialista subraya que el desarrollo de esa región responde a una estrategia nacional mucho más amplia que la cuestión de Ceuta y Melilla, aunque sus efectos hayan terminado influyendo directamente sobre ambas ciudades.
El investigador sitúa el origen de esa transformación en la visión impulsada por el rey Mohamed VI para corregir el desequilibrio histórico entre la fachada atlántica y la mediterránea del país. Según explica, «la estrategia de Marruecos para el desarrollo de las regiones del norte del país se enmarca en la visión clarividente del rey Mohamed VI», una visión que perseguía «una profunda transformación de las estructuras de la economía marroquí y su apertura a los mercados mundiales», después de que Marruecos hubiera «centrado su fachada atlántica desde la independencia y marginado su fachada mediterránea, que constituye un auténtico tesoro geográfico».
El desarrollo de las nuevas infraestructuras modificó progresivamente esa dependencia. La revitalización económica de la fachada mediterránea permitió sustituir ese modelo por otro basado en la inversión industrial y logística. De ahí que, como sostiene Driouch, «los grandes proyectos estratégicos transformaron radicalmente la fachada mediterránea del Reino y se hizo necesario poner fin a las actividades de contrabando en las dos ciudades ocupadas, lo que exigió una revitalización económica de su entorno».
A juicio del especialista, esa transformación ha cambiado también el equilibrio económico entre Marruecos y las dos ciudades. «Estos cambios han inclinado la balanza a favor de Marruecos y han hecho que el vínculo económico con ambas ciudades deje de existir; por lo tanto, se han convertido en una carga para España, lo que facilitará en el futuro la búsqueda de una solución entre ambos países», afirma.
Sin embargo, Driouch considera que cualquier análisis sobre este expediente seguirá siendo incompleto si Marruecos no presta mayor atención a los debates internos españoles. Para el investigador, comprender las dinámicas políticas de España constituye una condición indispensable para anticipar cualquier evolución futura del contencioso.
El consenso político español aleja cualquier solución inmediata
Si la evolución del contexto internacional explica la prudencia con la que Marruecos administra este expediente, la realidad política española constituye el principal obstáculo para cualquier avance. La cuestión de Ceuta y Melilla ha dejado de ser un asunto sujeto al debate político para convertirse en uno de los pocos temas sobre los que existe un consenso prácticamente absoluto entre las principales fuerzas españolas. Ese consenso, sostiene el investigador, no depende del color del Gobierno, sino de una concepción de Estado que limita el margen de actuación de cualquier Ejecutivo.
Driouch sitúa el origen de esa realidad en la evolución que experimentó el debate español tras la muerte de Francisco Franco. A su juicio, durante los primeros años de la Transición existieron sectores políticos que contemplaban la posibilidad de abrir un diálogo con Marruecos sobre el futuro de ambas ciudades, una posición que con el paso del tiempo terminó desapareciendo del espacio público. «Debo decirlo con franqueza: quien tiene la última palabra en España sobre el asunto de Sebta, Melilla y las islas Mediterráneas es el ejército», afirma el especialista, antes de recordar que «este asunto se sometió a debate en España tras la muerte del general Francisco Franco, y que algunas élites españolas abogaban por la devolución de ambas ciudades a Marruecos, entre ellas el Partido Comunista Español, que consideraba la situación como una forma de colonialismo, incluso Manuel Fraga, fundador del Partido Popular, llegó a abogar por entablar un diálogo con Marruecos sobre ambas ciudades tras la muerte de Franco; sin embargo, esa declaración no se encuentra ya en ningún sitio, pues ha desaparecido y ha sido borrada por completo».
Para el investigador, esa evolución terminó consolidando un consenso que hoy condiciona el comportamiento de toda la clase política española. Más allá de las diferencias ideológicas que separan a la derecha y la izquierda, considera que el expediente de Ceuta y Melilla se ha convertido en una auténtica cuestión de Estado, hasta el punto de que ninguna fuerza política está dispuesta a asumir el coste de defender públicamente una posición diferente. «La cuestión de Sebta y Melilla se ha convertido en una "cuestión de Estado" dentro de España, por lo que encontramos desacuerdos en todos los temas, salvo en este: tanto la derecha como la izquierda adoptan las mismas posturas y nadie tiene derecho a salirse de esta línea; de lo contrario, se convertirá en un traidor o en un nuevo Don Julián», recuerda.
Ese amplio consenso, añade el especialista, responde también al temor de que cualquier cambio de posición sobre Ceuta y Melilla pueda proyectarse sobre otros debates territoriales abiertos dentro de España como es el caso de Cataluña y el País Vasco».
En ese contexto, el investigador interpreta que la insistencia con la que algunos partidos sitúan periódicamente el asunto de Ceuta y Melilla en el centro del debate responde más a la lógica de la política interna que a la existencia de un verdadero debate sobre el futuro de ambas ciudades. A su juicio, todos los actores políticos terminan alineándose con el discurso oficial de defensa de la soberanía española, aunque unos lo hagan con mayor convicción que otros. Driouch sostiene que «de ahí el coste político es enorme, por lo que en España todo el mundo evita expresar una opinión contraria a lo que se viene predicando desde hace décadas, es decir, el compromiso de defender "la españolidad" de ambas ciudades; hay quienes lo hacen sin entusiasmo, al igual que hay quienes muestran un entusiasmo excesivo porque ello beneficia a su estrategia política, como es el caso del partido de extrema derecha Vox».
Desde esa perspectiva, el especialista concluye que cualquier salida dependerá menos de acontecimientos puntuales que de una evolución sostenida de las relaciones bilaterales. Lejos de contemplar escenarios de confrontación, considera que el tiempo, la cooperación y la consolidación de intereses comunes acabarán creando un contexto más favorable para explorar fórmulas intermedias. En ese sentido, Driouch afirma que «la maduración de los contextos contribuirá, quizá en el futuro, a alcanzar soluciones intermedias como la soberanía compartida; la vía de la cooperación, que va evolucionando, y las relaciones estratégicas existentes en la actualidad son la verdadera clave para superar estos obstáculos, pero no es una tarea fácil: requerirá mucho tiempo y que se produzcan cambios importantes».