Hay algo que llevo varios días observando en la televisión española y en determinados medios de comunicación, y que como periodista y como marroquí no puedo pasar por alto.
Se habla mucho de Marruecos.
Se opina mucho sobre Marruecos.
Se analiza a Marruecos.
Se interpreta a Marruecos.
Pero la pregunta que empieza a resultar inevitable es mucho más sencilla: ¿cuánto se conoce realmente de Marruecos antes de hablar de él? Porque para hablar de un país no basta con mirar un mapa, leer dos titulares, recuperar tres episodios de actualidad y sentarse delante de una cámara.
Para hablar de Marruecos hay que estudiar Marruecos. Y estudiar Marruecos significa mucho más que conocer al Gobierno de turno, mencionar al rey Mohamed VI o hablar de Ceuta, Melilla, el Sáhara y la inmigración.
Significa conocer su historia.
Conocer sus dinastías.
Conocer la formación del Estado marroquí.
Conocer la relación histórica entre el poder central y las diferentes regiones.
Conocer el papel de las tribus, las ciudades, las instituciones religiosas y las estructuras tradicionales de poder.
Conocer el Protectorado.
Conocer la independencia.
Conocer el nacionalismo marroquí.
Conocer la evolución política posterior a 1956.
Conocer el reinado de Mohamed V, Hassan II y Mohamed VI.
Conocer las diferentes etapas políticas y sociales del país.
Y, sobre todo, entender que Marruecos no empezó a existir políticamente el día en que España empezó a prestar atención a Marruecos. Esta parece una obviedad, pero viendo algunos debates recientes, a veces da la impresión de que no lo es.
No todo empezó con Ceuta. Uno de los problemas más frecuentes consiste en analizar Marruecos exclusivamente desde los acontecimientos que preocupan a España: Ceuta, Melilla, la inmigración, el Sáhara, la seguridad, la frontera, el terrorismo, la pesca, la agricultura y el comercio.
Son cuestiones importantes, por supuesto. Pero Marruecos es mucho más que la suma de los asuntos que aparecen en la agenda española. Cuando un país extranjero se convierte en noticia, existe una tentación peligrosa: explicar toda su historia desde el problema del momento.
Y eso conduce inevitablemente a simplificaciones. La historia de Marruecos no puede comenzar en 2021, ni en 1975, ni con el incidente de Perejil, ni con la llegada de Mohamed VI al trono y ni siquiera con la independencia.
Hay siglos de historia detrás. Y quien quiera explicar el Marruecos contemporáneo necesita conocerlos. La historia no puede utilizarse como una caja de herramientas
Lo que más me preocupa no es que existan interpretaciones diferentes.
Eso es normal.
La historia se debate.
La política se debate.
Las relaciones internacionales se debaten.
Lo preocupante aparece cuando la historia se utiliza como una caja de herramientas de la actualidad: se selecciona un episodio, se elimina el contexto y se presenta como una explicación definitiva del presente.
Así no se estudia la historia, así se construye un relato. Y un relato puede ser legítimo como opinión, pero no debería presentarse automáticamente como conocimiento histórico.
En las últimas semanas hemos visto cómo la crisis de Ceuta ha vuelto a colocar a Marruecos en el centro de numerosos análisis en España. Algunos medios han tratado de explicar la crisis desde perspectivas geopolíticas, migratorias y de seguridad; otros han puesto el acento en la política marroquí o en las relaciones bilaterales.Precisamente por eso hace falta más conocimiento, no menos.
Porque cuanto mayor es la tensión entre dos países, mayor debería ser el rigor de quienes tienen un micrófono delante.
Un historiador también tiene que estudiar. Y aquí quiero detenerme en algo especialmente delicado.
Que alguien tenga el título de historiador, profesor, escritor o periodista no significa automáticamente que sea especialista en Marruecos.
Un especialista en historia europea no necesariamente es especialista en historia marroquí.
Un experto en la España contemporánea no necesariamente conoce en profundidad la evolución política de Marruecos.
Un periodista especializado en inmigración no necesariamente conoce la historia de las instituciones marroquíes.
Y esto no es una crítica.
Es simplemente una cuestión de especialización.
Nadie debería sentirse ofendido porque se le pida que estudie una materia antes de explicarla.
Al contrario. Estudiar antes de hablar debería ser la primera obligación de cualquier profesional de la información. Si yo quisiera escribir mañana sobre la historia política de Alemania, tendría que estudiar Alemania.
Si quisiera explicar la política interna de Argentina, tendría que estudiar Argentina, y si quisiera analizar la historia de Turquía, tendría que conocer Turquía.
Entonces, ¿por qué Marruecos debería ser diferente?
Marruecos no necesita que nadie lo idealice
Y quiero dejar algo muy claro.
Este artículo no pretende defender que todo lo que hace Marruecos sea correcto. No. Marruecos, como cualquier otro Estado, puede ser criticado.
Su Gobierno puede ser criticado.
Sus políticas pueden ser discutidas.
Sus decisiones pueden ser cuestionadas.
Su sistema político puede ser analizado.
Y los ciudadanos marroquíes tienen, precisamente, opiniones muy diferentes sobre su propio país.
Pero criticar un país exige conocerlo. Y conocerlo significa también reconocer sus contradicciones.
Sus avances y sus problemas.
Sus instituciones y sus debilidades.
Sus transformaciones sociales.
Sus debates internos.
Sus diferentes sensibilidades políticas.
Porque presentar Marruecos únicamente como una amenaza para España tampoco ayuda a comprender Marruecos.
Lo convierte en un personaje de una historia escrita desde fuera.
Entre vecinos no debería existir tanta ignorancia
España y Marruecos están separados por una frontera muy pequeña y por una historia enorme.
Son vecinos.
Tienen relaciones económicas, sociales, culturales y humanas profundas.
Hay marroquíes que viven en España desde hace décadas.
Hay españoles que viven y trabajan en Marruecos.
Hay familias a ambos lados del Estrecho.
Hay estudiantes, empresarios, periodistas, investigadores, artistas y escritores que construyen diariamente vínculos entre ambas sociedades.
Y, sin embargo, cuando llega una crisis, aparece con demasiada facilidad un lenguaje que reduce al otro a una caricatura.
Eso debería preocuparnos.
Porque el desconocimiento no es neutral.
El desconocimiento puede convertirse en prejuicio.
Y el prejuicio puede terminar convirtiéndose en política.
Antes de opinar, lean
Mi consejo, por tanto, no va dirigido solamente a los periodistas.
Va dirigido también a los escritores.
A los comentaristas.
A los tertulianos.
A los historiadores.
A los investigadores.
A quienes aparecen en televisión como especialistas.
Lean.
Lean la historia de Marruecos.
Lean a los historiadores marroquíes.
Lean los documentos.
Lean diferentes interpretaciones.
Lean a quienes piensan de manera distinta.
Conozcan la evolución política del país.
Conozcan su sociedad.
Viajen.
Hablen con marroquíes.
Escuchen.
Pregunten.
Y después, si quieren criticar a Marruecos, critíquenlo.
Pero háganlo desde el conocimiento.
Porque una opinión puede ser discutible.
Una interpretación puede ser discutible.
Una posición política puede ser discutible.
Lo que no debería ser discutible es la obligación de conocer aquello sobre lo que se está hablando.
Marruecos no es un decorado para explicar España. Hay una última cuestión que considero fundamental.
Marruecos no debería aparecer en los medios españoles únicamente cuando sirve para explicar un problema español. Si hay una crisis migratoria, Marruecos aparece. Si hay una disputa sobre Ceuta, Marruecos aparece.
Si existe una tensión diplomática, Marruecos aparece.
Si hay una cuestión relacionada con el Sáhara, Marruecos aparece.
Pero Marruecos también existe cuando no hay una crisis.
Existe su sociedad.
Existe su cultura.
Existe su literatura.
Existe su historia.
Existe su economía.
Existe su política interna.
Existe una generación joven que está transformando el país.
Existe un debate intelectual marroquí que muchas veces no llega a las televisiones españolas.
Y existe una realidad mucho más compleja que la imagen construida a partir de las noticias de última hora.
Por eso mi mensaje es sencillo:
Antes de hablar de Marruecos, estudien Marruecos.
No les pido que estén de acuerdo con Marruecos.
No les pido que defiendan a Marruecos.
No les pido que compartan las posiciones de Rabat.
Les pido algo mucho más básico.
Que conozcan aquello sobre lo que están hablando.
Porque la libertad de opinión no exime de la responsabilidad de informarse.
Y porque entre España y Marruecos ya existen suficientes problemas reales como para añadir uno más: la ignorancia disfrazada de conocimiento.